FEB. 12 2016 DE REOJO Callejero Raimundo Fitero Caminamos por cientos de calles cuyos nombres no sabemos lo que significan, ni su procedencia, importancia local, profesión o motivación para figurar en las placas de las esquinas. En algunos lugares debajo del nombre de alguien ponen cosas como fundadora de la orden de las Carmelitas descalzas, médico y filántropo, filósofo humanista, inventor del mocho, cardenal primado y muchas otras asignaciones, pero en general no tenemos ni la más remota idea. Ni siquiera Wikipedia nos puede ayudar a saber por dónde caminamos, en honor de quién o de qué se llama de esa manera esa plaza donde jugamos. El callejero de las ciudades ha sido siempre una traslación ideológica. Cuando todo se reducía a la calle de arriba, la del medio y la de abajo, eran descripciones pragmáticas, pero cuando empezaron a realizarse bautizos como homenajes, empezaron a ponerse nombres que han ido tejiendo una malla ideológica invisible. Convivir todavía con cientos de calles y plazas con nombres franquistas es un síntoma más de la falta de voluntad por aplicar la ley de la memoria histórica de una derecha que se siente heredera. El cambio del nombre de calles y avenidas es una reparación visto por los tardo-franquistas como un acto de venganza, cuando su mantenimiento es un acto de exaltación del terrorismo más criminal. Algunas televisiones ultras han encontrado un filón para atacar este acto de justicia y crear un estado de opinión guerracivilista nostálgico y preventivo a la vez. Puede que se cometan excesos, que una connivencia con el régimen no sea comparable con los que se destacaron como sanguinarios generales, firmantes de sentencias de muerte, represores y torturadores. Existe una línea difusa que atravesada puede llevar a sectarismos. El callejero fue nuestro mapa sentimental antes que una app de nuestro teléfono.