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CRÍTICA «Deadpool»

Un macarra bocazas en la pista central del circo Marvel


La criatura perpetrada en los laboratorios Marvel apuesta por ser el Mr. Hyde que atesora todo buen creador de cómics que, cansado de los encorsetamientos a los que le someten sus personajes, se siente libre imaginando a Superman engalanando su uniforme con un nada discreto tanga de leopardo. “Deadpool” es un festival de despropósitos, la resaca que todo superhéroe padece tras una fiesta interminable de justicia y fidelidad hacia una sociedad siempre ingrata. Si Alan Moore quiso dinamitar este universo de disfraces y poderes desde la perspectiva seria y existencial propuesta en “Watchmen”, Rob Liefeld –con aportes de Fabian Nicieza– se decantó a comienzos de los 90 por incluir en la galería de superhéroes a la oveja negra del gremio, un bocazas ataviado de rojo cuya conducta y declaración de intenciones le sitúa en el difuso territorio de los antihéroes. Tras el aluvión de pésimos comentarios que inspiró la irrupción de Deadpool en “Lobezno. X-Men: orígenes” –¿Un bocazas sin boca?–, los responsables de este círco de tres pistas perpetrado en exclusiva para este personaje singular, han elaborado un escaparate explosivo en el que todo sirve con tal de inspirar carcajadas entre el respetable. Ryan Reynolds, en constante comunicación con el patio de butacas, es el encargado de lucir el uniforme del macarra que domina de principio a fin un filme cuya trama es inexistente o más bien un simple esbozo y en el que todo se resume en un recital de chistes, autoparodias, balas y saltos imposibles muy bien calibrados. Su gran acierto radica en la brillantez de un cineasta que ha sabido exprimir al máximo las posibilidades técnicas dentro de un engranaje disparatado, anárquico y saludablemente bufonesco. Mención especial merece la genial secuencia de la careta que se oculta detrás de la máscara.