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Presas


Cuatro mujeres encarceladas en una cárcel barcelonesa son una declaración de principios. Es casi un género propio. Si ponemos a una presa “radical”, otra perteneciente a la casta política de la corrupción, una asesina confesa de su marido y a una joven mula detenida en Colombia, nos encontramos con los ingredientes para un plato clásico que debe el cocinero saber darle la cocción y los aderezos necesarios para que podamos disfrutarlo.

El chef en esta ocasión es Carlos Zabala, que firma el texto y la dirección, un retornado a la escena vasca, que además viene de la mano de una nueva productora que encabeza Eneko Olasagasti, es decir, ingredientes que le dan interés añadido.

La opción elegida por Carlos Zabala es presentarnos algo agridulce, es decir, vidas rotas, pero que intenta contárnoslas con humor. Y ese riesgo se convierte en una trampa.

Los lugares comunes, las frases talegueras de manual, la estructura televisiva con cambios constantes de espacio, con demasiados oscuros, le quitan ritmo, los personajes se nos presentan nítidos desde el principio, intuimos que el grano de una de ellas puede ser algo peor, que la esposa del político puede acabar mal, que la radical pedirá el indulto y nos deja una sorpresa final, la que nos gusta, la que debería ser el tono general, la de quien es la más colaboradora, la que quiere un permiso después de muchos años de vida ejemplar dentro y lo tiene y vuelve satisfecha porque ha cumplido su venganza.

El equipo de actrices defienden bien sus personajes, les falta acomodarse, la escenografía y atrezzo no aportan demasiado, la iluminación es circunstancial y la dirección debería ajustar tiempos y escenarios para no caer en la inercia.