MAR. 15 2016 Traficantes Gloria REKARTE Expresa Volvió a pasar. Otra persona ha muerto arrastrando años de no poder visitar a su hijo encarcelado. 156, las visitas que en los tres últimos años tenía derecho a realizar. 156, las que no pudo realizar porque entre él y su derecho se interponían 2.000 kilómetros de ida y vuelta y más de 30 horas de viaje. Muy difíciles, siempre; insalvables, cuando la edad avanza o la salud no acompaña. Muy difíciles o insalvables, porque los traficantes de derechos pusieron las tasas muy altas. Cuando los responsables de la dispersión cerraron tratos y se prometieron colaboraciones y silencios, ¿cómo lo hicieron? ¿Con un fuerte apretón de manos? ¿Con una palmada de complicidad en el hombro, además? Habían puesto en marcha la maquinaria más cobarde, la que aseguraba el dolor de los familiares para asegurarse el dolor de las y los prisioneros vascos. ¿Estaban orgullosos de su ingenio? El dolor, principio y fin de todos los logros de la dispersión. Pueden apuntarse otro más. O 156. Porque el Estado español ha considerado muy justo cobrar a un familiar el precio de que ETA todavía no se haya disuelto. Porque el Estado español se arroga el privilegio de designar quién debe sufrir y quién no, a quién se puede humillar y a quién es delito hacerlo. Y porque las alianzas que propiciaron la dispersión todavía no se han disuelto.