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Un siglo


No iba a hacerlo, pero el hecho de que justo hoy hace cien años naciera en Bilbo Blas de Otero, me ha abocado a estas líneas. El Bilbo consistorial celebra estos días a Blas, pero de lo que no cabe duda es de que Blas aborrecía Bilbo; sí, a veces lo amaba, pero era ese amor que todos sentimos hacia esa patria que es nuestra infancia.

Odiaba ese Bilbo hipócrita, provinciano, meapilas –en el que hasta las confiterías eran beatas– y recalcitrantemente conservador. Aquel Bilbo que aun travestido de modernismo cosmopolita y colorines sigue siendo el mismo. Que todo cambie para que las cosas sigan igual, que dijo el príncipe siciliano. Quienes mueven los hilos, quienes se siguen enriqueciendo, son los mismos –hasta los mismos apellidos en muchas ocasiones–; y los mismos los que siguen viviendo al cabo de la calle, en lo profundo de esa unamuniana intrahistoria; eso sí, con ochenta canales y smartphone morrocotudo, el tecnológico opio presente del pueblo.

En su último poemario, tras ser operado de cáncer en Madrid en mayo de 1968 después de regresar de sus años cubanos, Blas siente el deseo de volver al botxo; pero en cuanto pone los pies en Bilbo, no siente sino la necesidad de salir pitando y no regresar jamás.

Ama Orozko, Mundaka, el Cantábrico, Sestao y la Margen Izquierda toda, en cuyas fábricas y minas, en medio de un silencio tenso y colérico, a punto de estallar, siente que «la historia enciende su dialéctica». Pero sin embargo Bilbo...