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CRÍTICA «Luces de París»

Ciudad y campo


Todo en “Luces de París” se asoma como un molesto déjà vu, como algo que ya hemos visionado y sentido infinidad de veces ante la pantalla y no solo en la excusa dramática que respalda la trama central, sino en un conjunto que parece nutrirse de tópicos en su empeño por querer caer bien entre la concurrencia. Buena parte de culpa de que la película no derive hacia el caos radica en la plena solvencia de los dos intérpretes más veteranos, Isabelle Huppert y Jean-Pierre Darroussin, los cuales se bastan y sobran para evitar el rumbo errático de esta propuesta que se escuda en la felicidad que siempre otorga una aventura sentimental en el otoño de nuestras vidas. A Huppert le corresponde el rol de la urbanita que abandonará la gran ciudad y se adentrará en los paisajes de la campiña en busca de un joven amante 25 años más joven que ella. Hasta aquí todo funciona perfecto, sobre todo en su declaración de intenciones pero poco a poco, el largometraje se transmuta en una especie de telefilme de corto recorrido que reincide en la constante de los dos tiempos diferenciados que siempre se les relaciona a la urbe y al campo: el primero como sinónimo de frenesí y el segundo como ejemplo de lo que se presupone debe ser la calma.

En esta su quinta experiencia en el largometraje, Marc Fitoussi elabora un retrato emocional e íntimo sin excesivo empaque en la que tan solo destacan muy contadas escenas –como la de la cena familiar compartida– y en el que impera ese constante deseo de agradar al espectador mediante elementos tan característicos como la culpa, la redención, el miedo o la ternura dentro de un cóctel saturado de canciones que pretenden subrayar o suplir las emociones más íntimas que, lamentablemente, no terminan de asomar en la pantalla.