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CRÍTICA «infiltrado»

Con la ayuda de Bryan Cranston las cosas salen mejor


No es la primera vez, ni mucho menos, que un director se apoya en un gran actor para enmendar su carrera maltrecha. Brad Furman ha necesitado de un pletórico Bryan Cranston para recuperar el prestigio perdido por culpa del fiasco crítico y comercial que supuso “Runner Runner” (2013). Su buen comienzo también tuvo que ver con destacados trabajos interpretativos, y así John Leguizamo fue su valedor en “The Take” (2007) y Matthew McConaughey en “El inocente” (2011). Ahora que Hollywood le vuelve a conceder crédito, Furman no duda en aprovechar el tirón de “Infiltrado” para rodar un thriller sobre el sanguinario sicario Gregory Scarpa, que será protagonizado por Sylvester Stallone.

Lo de Bryan Cranston en “Infiltrado” es una exageración, porque sin su concurso estelar este proyecto se habría venido abajo, ya que su personificación de Robert Mazur es tan potente que, viéndole en pantalla, te olvidas de las lagunas de un argumento con una tendencia constante hacia el lugar común. El director se empeñó en que fuera su madre, Ellen Brown Furman, la encargada de escribir el guion adaptado del libro autobiográfico de Mazur. Cuando dice que ella es abogada y conoce ese mundillo no la deja en muy buen lugar, puesto que está hablando de las organizaciones para el blanqueo de dinero de los carteles de la droga. Por su parte, el que fuera agente policial encubierto, haciéndose pasar por contable de dinero negro, ofrece una imagen de sí mismo muy autoindulgente.

De ahí la importancia clave del cometido actoral, puesto que a Cranston le toca la papeleta de clavar la doble caracterización de un ser bipolar que pasa por ser un perfecto hombre de familia con una identidad oculta, de la cual cabría decir muchas cosas, puesto que en sus tratos con los hombres de Pablo Escobar no se queda atrás, y su comportamiento violento es el de otro sicópata más.