MAR. 05 2017 CRÍTICA «El guardián invisible» Los fantasmas de Amaia «Clarice» Salazar Víctor ESQUIROL F ernando González Molina es claramente uno de los directores más importantes en el seno de la industria cinematográfica española. Desde el sonado éxito en taquilla de su ópera prima, “Fuga de cerebros”, ha ido encadenando títulos que han dejado huella en lo que a rentabilidad económica se refiere. El éxito no necesariamente se debe a la calidad artística sino a la capacidad para captar – y conectar– al tipo de público al que uno se dirige. De cine comercial hablamos, tanto para lo bueno (los datos de recaudación; el arte de cubrirse las vergüenzas con buen músculo productivo) como especialmente para lo malo (todo el resto). De adaptaciones literarias va el asunto, también. Las últimas tres películas de este director beben directamente de novelas, todas ellas grandes éxitos en ventas. Federico Moccia y Luz Gabás, estos son los referentes. Que cada uno sitúe el nivel donde crea más conveniente. El caso es que para su quinto film, González Molina acude a uno de los mayores best-sellers recientes de las letras en español, abalado a posteriori por el Premio Planeta a su autora, Dolores Redondo. En la gran pantalla, el nivel es de Razzie. Este “Guardián invisible” es un poti-poti cocinado sin criterio alguno, a base de los lugares comunes que el séptimo arte, en su faceta de thriller policíaco, ha ido visitando a lo largo de los treinta últimos años. Para hacernos a la idea, Marta Etura encarna a la detective Amaia Salazar, especie de Clarice Starling española obligada a enfrentarse a los fantasmas de su propio pasado, cuando un caso la obligue a regresar a su Elizondo natal. La geografía como postureo; la identidad como quimera. Se confirma, de paso, que la acumulación de golpes de efecto no responde a la lógica de la aritmética. La película da un recital de sustos, giros argumentales y experiencias traumáticas... solo para ahondar, más y más, en la sensación de sinsentido, ridículo y, a la postre, aburrimiento.