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Interview
NICK BUXTON
EDITOR DEL TNI Y EXPERTO EN JUSTICIA GLOBAL Y AMBIENTAL

«Al hablar de seguridad hay que preguntarse: ¿para quién, contra quién, a qué coste?»

Editor del Transnational Institute (TNI) y coautor con Ben Hayes del libro “Cambio climático S.A.”, Nick Buxton es uno de esos jóvenes pensadores estadounidenses que continúan la rica tradición de intelectuales de izquierda de su país, que ha dado autores del nivel de Noam Chomsky o James Petras. Está especializado en movimientos de justicia global y ambiental.


Ahora vive en California pero anteriormente lo hizo en Bolivia, lo que además de permitirle conocer de primera mano la realidad del Sur le ha ayudado en su aprendizaje del castellano, pausado y preciso, en el que se desarrolla la entrevista concedida en la sede de Ekologistak Martxan del Casco Viejo de Bilbo. La capital vizcaina estaba incluida en la gira de presentación de “Cambio climático S.A.”, cuyo subtítulo reza “Cómo el poder corporativo y militar está moldeando un mundo de privilegiados y desposeídos ante la crisis climática”. Buxton es responsable del área de comunicación del TNI, que lleva más de 40 años sirviendo de enlace entre movimientos sociales y académicos comprometidos y responsables políticos.

Denuncia usted que la carrera hacia la agricultura industrial está consolidando un modelo agrícola insostenible que depende de combustibles fósiles baratos y del transporte a grandes distancias…

Cierto. Cuando hablamos de cambio climático generalmente pensamos en consumo de energía por la industria, pero el sector agrícola contribuye cada vez más al calentamiento, pues está cada vez más industrializado y utiliza mucho combustible fósil para la producción y transporte, aumentando así el efecto invernadero. En paralelo, se está dando un fenómeno acelerado de monopolización de la tierra, claramente visible en África, Asia y América Latina, donde los campesinos están perdiendo sus parcelas. Resulta que son los pequeños campesinos quienes alimentan al 80% de la población mundial, pero estamos pasando de este modelo a otro que busca dejar el monopolio de la alimentación en manos de unas pocas transnacionales. En el ámbito de las semillas se observa claramente, con cuatro empresas que controlan el 80% del comercio mundial del sector. Al mismo tiempo, las grandes corporaciones agroalimentarias tejen alianzas con el poder militar para consolidar su posición y garantizar la obtención de beneficios durante largo tiempo.

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¿Su estancia en Bolivia le ha servido para comprobar sobre el terreno este cambio de paradigma productivo?

Es muy visible, sobre todo en la parte oriental del país, donde los agricultores han estado siendo desposeídos de sus tierras por las corporaciones agroindustriales. Con la llegada al poder del primer presidente indígena, Evo Morales, en 2006, se inicia un proceso de redistribución de la tierra, uno de los principales puntos de su programa.

Miremos a la industria armamentística y las superestructuras militares. Aumenta su poder y su volumen de negocios…

Con el fin de la Guerra Fría, en los años 90 del siglo pasado, disminuyó drásticamente el comercio de armamento mundial; sin embargo, ahora las cifras de este negocio se han duplicado. El motivo ha sido la «guerra contra el terrorismo», que ha llevado a destinar mucho dinero al fortalecimiento de los ejércitos y su equipamiento militar. Pero el fortalecimiento no se hace solo de cara al enemigo externo, sino también al interno, entendiendo como tal incluso el cambio climático. En EEUU se ve muy claro. Por ejemplo, muchos de los soldados retornados de Irak fueron destinados a enfrentar situaciones de emergencia, caso del huracán Katrina en Nueva Orleans, y trataron a las víctimas del desastre prácticamente como amenazas.

Aumenta y se normaliza la presencia militar en las calles.

Sí, lo veo en mi propia ciudad, donde incluso se plantea el uso de tanques por la Policía. El Ejército tiene tantos carros de combate que se los puede regalar a la Policía. Se ha conseguido que la población perciba una situación de inseguridad generalizada, tanto proveniente del exterior como del interior, que justifica y aumenta el poder de los órganos de seguridad, que en la misma medida en que crecen ellos hacen crecer a toda la industria de seguridad y armamento que tienen detrás.

¿Y en Europa?

En la UE las empresas de armamento han adquirido un papel relevante en el diseño de las estrategias de seguridad. Están directamente involucradas. Insisten en el reforzamiento de fronteras, en su militarización, y hacen ver a los políticos que «nosotros podemos proporcionarles las armas que ustedes necesitan para defender Europa».

Términos como seguridad energética, seguridad alimentaria, seguridad hídrica… son cada vez más comunes y legitimados.

Siempre que hablamos de seguridad hay que preguntarse: ¿seguridad para quién?, ¿contra quién? y ¿a qué coste? En realidad, se califica de seguridad a la defensa del status quo, al mantenimiento del actual sistema, de un sistema en que cinco personas acumulan tanta riqueza como la mitad de la población mundial. Significa defender las corporaciones transnacionales, sesenta de las cuales figuran en el ranking de las cien mayores economías mundiales. Bien, lo que exponemos en el libro es que el nuevo paradigma de seguridad no se limita a la clásica seguridad nacional, territorial, sino que empieza a penetrar en el territorio de la alimentación o el de los recursos hídricos, y naturalmente con el objetivo de defender los intereses de las grandes corporaciones que buscan aprovecharse de la crisis climática para aumentar su poder y sus beneficios.

En su libro se indica muy gráficamente lo que para el Norte rico supone la «seguridad» en relación al movimiento de mercancías y de personas…

Sí, decimos que para EEUU y la UE seguridad significa que lleguen con fluidez los recursos mundiales al Norte, pero sin que la gente pobre tome la misma ruta. Es una situación insostenible. Si las personas pierden sus tierras, si tienen que soportar crisis climáticas, si su situación es cada vez más frágil, una de las posibles salidas es la migración. Hasta ahora el desplazamiento de población ha sido en gran medida interno, pero cada vez aumenta más la emigración al exterior, a la que el Norte responde con muros cada vez más altos. Obviamente, poco importa la seguridad de esas personas que solo buscan sobrevivir.

En su obra, es frecuente el uso del concepto «estado de excepción permanente». ¿Qué significa exactamente?

Desde el inicio de la guerra contra el terrorismo las situaciones de emergencia se vienen multiplicando y manteniendo en el tiempo. Un caso claro es el de Francia, donde desde el atentado contra la sala de conciertos Bataclan –noviembre de 2015– se mantiene el estado de emergencia. En este momento se alega la amenaza terrorista, pero creo que poco a poco el cambio climático va a ser considerado y tratado como factor de riesgo, y como a todo riesgo los estados le responden sistemáticamente con más medidas de vigilancia y control, pero hay que preguntarse a dónde nos lleva esta carrera. Es evidente que ha llegado la hora de buscar soluciones justas, estructurales.

Hay voces que apuestan por que las personas –y las demás especies del planeta– se adapten al cambio climático, en vez de combatir la propia crisis climática. ¿Qué responde?

Que la solución no es adaptarse a una situación injusta, sino arreglar tal situación, combatiendo los motivos que la provocan. Lo que ocurre es que intentar arreglar esas situaciones conlleva cambios en el sistema de poder, y quienes detentan el poder no quieren oír hablar de cambios de sistema, lógicamente. Pero es inevitable, hay que cambiar la distribución de la riqueza, enfrentarse a la injusta acumulación de poder político y económico en unas pocas manos. Hay que democratizar el acceso a los recursos esenciales, justo lo contrario de lo que pretenden las elites.

¿Pero cómo se hace eso, cómo se trae a tierra esa filosofía?

Es importante ser ambicioso y eficaz en cuestiones clave, como la emisión de gases de efecto invernadero, un problema que se acelera y para el que el tiempo se acaba. Y es cierto que no estamos respondiendo adecuadamente a una situación de emergencia. Mire, en EEUU, en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, el presidente Roosevelt se dirigió a la industria automovilística para que dejara de fabricar automóviles y se dedicara a fabricar tanques. Y así lo hicieron: en tres meses se cambiaron totalmente las líneas de producción. Ahora habría que adoptar la misma filosofía, pero no ocurre.

Sin embargo, en su libro se citan casos de comunidades que no se están quedando de brazos cruzados y han comenzado a actuar localmente.

Sí, muchos ciudadanos y muchas comunidades son conscientes de que tenemos un problema y lo están enfrentando. Le puedo citar el caso de Boulder (Colorado), donde una compañía eléctrica ha mantenido durante años una situación prácticamente de monopolio en el suministro de energía, además proveniente en gran medida del carbón. La comunidad estaba descontenta con esta situación y comenzó una campaña de información y denuncia de las malas prácticas de esta empresa, que finalmente ha sido municipalizada. En un plazo de cinco años, se prevé que toda la energía que produzca sea renovable. A nivel nacional, Uruguay es un ejemplo del uso cada vez mayor –aumento del 50% en diez años– de las energías renovables, especialmente la eólica.

También se avanza en agroecología…

Cuba es un ejemplo de ello, aunque ciertamente no tenía otra opción tras la caída de la Unión Soviética y la interrupción del suministro de pesticidas e insumos combustibles fósiles. En poco tiempo han convertido en orgánica toda su producción agrícola, lo que demuestra que poder, se puede. Claro que se plantean problemas, pero en el camino se aprenden las soluciones.

Inevitable preguntarle sobre Donald Trump y sus primeros meses de mandato.

Trump ha dejado al desnudo la realidad, la ha expuesto a la luz. Sabíamos que vivíamos en un sistema muy controlado por las grandes corporaciones, la superestructura militar y los multimillonarios, pero hasta ahora se mantenían a la sombra, en un segundo plano. Con el nuevo presidente, ocupan directamente los cargos del poder político. El resultado es que estamos cada vez peor, con decisiones como la muy reciente de abandonar el Acuerdo de París sobre el clima. Pero en el reverso de la moneda está el movimiento de resistencia popular que ha provocado. Mucha gente que no se metía en política lo está haciendo ahora. En mi pueblo las reuniones sobre temas políticos no atraían a más de treinta personas; ahora son más de doscientas, que debaten sobre la situación de los inmigrantes sin papeles, los ataques racistas o el empoderamiento de la gente de a pie.