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¿Fin de la estable excepcionalidad alemana?


La canciller alemana ha conjurado en el último minuto de la prórroga la posibilidad de unas nuevas elecciones con el acuerdo in extremis con los socialdemócratas en torno a una nueva Gran Coalición. Angela Merkel se ahorra así el dilema de tener que elegir, en caso de nueva convocatoria electoral, entre volver a presentarse a unas elecciones con los ultraderechistas de AfD mordiéndole más en sus caladeros de voto, o renunciar y poner así un amargo punto y final a su dilatada carrera política.

Eso explica sus «dolorosas concesiones» que, en la práctica y a falta de los compromisos sociales tasados que el SPD exigía, se concretan en que el ministerio clave de Finanzas, junto a Trabajo y Asuntos Sociales, será ocupado por Olaf Scholz, un socialdemócrata «pragmático» y por tanto no antitético a su antecesor, el temido Wolfgang Schaüble.

Tras pagar ese «precio», que incluye el premio de la cartera de Exteriores para el todavía presidente del SPD, Martin Schulz, la canciller evita además lo que quizás más temía: un gobierno en minoría en el que dependería a cada paso de la voluntad de sus previsibles apoyos parlamentarios de los Verdes y de los socialdemócratas. Al contrario, Merkel deja la pelota en el tejado del líder de este último partido, Martin Schulz, quien afronta una tarea hercúlea para convencer a sus correligionarios de que ahora es bueno lo que en campaña, reeditar la Gran Coalición, era un puro anatema.

Y deberá hacerlo para convencer a importantes «barones» regionales del partido porque sabe ya que tiene enfrente a las Juventudes del SPD (Jusos). Unas juventudes que, emulando el ejemplo de los seguidores del laborista británico Jeremy Corbyn, están impulsando una campaña de afiliación al partido que, en una versión posmoderna de entrismo trotskista, ya ha conseguido 24.000 miembros desde principios de año.

Porque el acuerdo será sometido a los 460.000 militantes y cada voto puede ser decisivo. Y los referendos los carga el diablo, como bien aprendieron David Cameron con el Brexit y el italiano Mateo Renzi cuando vio rechazada su reforma constitucional. Sin olvidar a Rajoy y su estrepitosa derrota en las elecciones plebiscitarias catalanas del 155.

El rechazo al acuerdo no es pues descartable y supondría, junto con los cuatro maratonianos meses sin gobierno que ha «padecido» Alemania, el fin de su especificidad –la estabilidad y normalidad política– y su inserción en un mundo cada vez más convulso e impredecible. Pero, ¿es el rocoso SPD comparable al más dialéctico y, por tanto. más imprevisible laborismo británico? He ahí la clave.