JUN. 17 2018 CRÍTICA «Colmillo blanco» El perro lobo de Jack London vuelve al Yukon Mikel INSAUSTI Uno de los animadores europeos que puede dar muchas satisfacciones al género es Alexandre Espigares, ganador del Óscar el Mejor Cortometraje Animado con “Mr. Hublot” (2012), que ya presentaba a un cánido como protagonista, solo que se trataba de un perro-robot, dada la ambientación futurista de esta pieza breve. En su puesta de largo el animal escogido es un perro lobo, nada menos que el mítico Colmillo Blanco de la novela homónima de Jack London. Consigue una adaptación más que digna, teniendo en cuenta los antecedentes de acción real ya existentes, ante los cuales no desmerece en absoluto. Evidentemente, se desmarca de la violencia que exhibió el italiano Lucio Fulci en su “Zanna bianca” (1973), pero tampoco llega al paternalismo de la versión Disney que realizó Randal Kleiser en “White Fang” (1991), dejando de lado su olvidable secuela estrenada tres años después. “Croc-Blanc” es una película hija de su tiempo, lo que la convierte en la transcripción más ecologista del libro, reforzando el mensaje original que hablaba del modo en que se degrada la naturaleza salvaje cuando entra en contacto con la civilización. Motivo por el que hace de Colmillo Blanco un superviviente en contacto con el género humano, al comprobar en sus propias carnes que los humanos son capaces de lo mejor y de lo peor. De cachorro aprende de su madre, que ya tiró de un trineo humano, así como del jefe nativo Castor Gris; pero en cuanto crece es codiciado por el taimado Beauty Smith (Dominique Pinon), que lo quiere para las peleas de perros, y de cuyas garras será salvado por una pareja de granjeros. Los fondos paisajísticos del Yukon son muy realistas, lo mismo que la inmersión en ellos de los personajes mediante la captura de movimiento. Los ángulos de cámara en contrapicado refuerzan la perspectiva a cuatro patas del protagonista.