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DE REOJO

Once al día


Cuesta acercarse al asunto trascendental del suicidio sin sufrir rozaduras en las vísceras, la piel más sensible y la inteligencia. Las estadísticas lo resuelven de una manera asombrosa. Cada día del año pasado en el Estado español se registraron once suicidios. Hay una zona de duda razonable ya que, por prejuicios, miedos, pudor religioso o incluso sospechas, muchas defunciones pueden quedar en el limbo. Lo único cierto es que hay congéneres de nuestro entorno que no soportan la vida que les ha tocado vivir. No desean morir, es que no pueden vivir más en estas condiciones.

Hace años que un amigo que se declara loco debido a los diagnósticos que le acompañan creó en su asociación un teléfono atendido por voluntarios para las personas con impulso suicida que quisieran tener una conversación de alivio. Hace años que hablaba desde una perspectiva realista y aportaba unos datos que cortaban la respiración. Con esta persona he aprendido a tratar la salud mental como algo fundamental para cada persona y comprender que el deterioro no siempre es genético o fruto de consumos excesivos, sino que hay mucha inducción ambiental debido a las exigencias convivenciales, laborales y la toxicidad de tantas influencias sociales que afectas de manera destructora.

Si alguna vez han estado cerca de un suicidio, entenderán que el vacío que crea es sideral, una suerte de hongo nuclear en la conciencia, la emotividad, el cerebro. Aparece la culpa de una manera onerosa. Las once personas que hoy decidan no vivir más son de los nuestros y no hay que estigmatizarlas.