SEP. 09 2025 LO QUE APRENDÍ DE MI PINGÜINO Cuando la ternura se vuelve un acto político Gaizka IZAGIRRE HERNANI De entrada resulta difícil hacer una introducción que les pueda atraer para hablar de una película titulada “Lo que aprendí de mi pingüino”; suena más a cuento infantil contado a la hora de la siesta que a un drama con sustancia, lo sé. Pero créanme cuando les digo que, contra todo pronóstico, y aunque no sea nada del otro mundo, es más interesante de lo que parece. Steve Coogan encarna a Tom Michell, un profesor británico recién llegado a Buenos Aires en la turbulencia previa al golpe de 1976. Desinteresado por su labor y con alumnos indiferentes, atraviesa la rutina sin entusiasmo hasta que, en una escapada a Uruguay, encuentra en la playa a un pingüino cubierto de petróleo, al que recoge y limpia; a partir de ahí todo cambia. Peter Cattaneo camina entre la fábula tierna y el drama político, y lo hace sin caer en el chantaje emocional. El pingüino, que podría haber sido un simple recurso simpático, se convierte aquí en detonante de emociones y en espejo incómodo de las contradicciones internas del protagonista. Es decir: no estamos frente a una feel-good movie cualquiera, sino ante un relato que, con sus altibajos, se atreve a morder un poco más de lo esperado. El problema es que el guion no acompaña con la misma audacia. Aunque toma como punto de partida una historia real con jugo dramático, termina recayendo en fórmulas archiconocidas y en diálogos explicativos que no confían en la potencia de la imagen. Todo está demasiado subrayado. Y aun así, y contra todo pronóstico, todo funciona bastante bien. Con sencillez y sin grandilocuencias, plantea una idea potente: incluso en medio de la violencia y la sombra, un acto de ternura puede ser un gesto político y, sobre todo, una manera de mantener viva la memoria.