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BLACK PHONE 2

Ecos helados del pasado


Uno de los rostros que marcó las pesadillas de toda una generación en los años ochenta fue, sin duda, el de Freddy Krueger. El universo de Scott Derrickson, evidentement, se mueve en otras coordenadas, aunque hay momentos en los que “Black Phone 2” parece guiñar un ojo al legado de Craven, sobre todo en esa idea de revivir al asesino como un fantasma vengativo.

Dejando a Krueger de lado, “Black Phone 2” ofrece una experiencia de terror que oscila entre la fidelidad al original y una exploración más ambiciosa en lo formal y lo temático. Sin embargo, su estructura se vuelve redundante y la tensión no alcanza la eficacia de la primera.

De los suburbios veraniegos de Colorado pasamos a un campamento de invierno, aislado y helado. El concepto de infierno helado funciona de maravilla, convirtiendo la nieve en símbolo de trauma congelado.

Aquí Finney, ya adolescente, vive prisionero de un pasado que no logra conjurar, mientras Gwen, su hermana, asume protagonismo.

En lo formal, destaca el uso del Super 8 para las visiones de Gwen: esa textura granulada otorga a las secuencias oníricas una perturbadora sensación de lo tangible, como si el sueño tuviera materia.

El primer tercio del film es impecable en su atmósfera de inquietud, pero en el tramo final tropieza con su afán explicativo: el miedo, antes sugerido, se vuelve discurso.

Visualmente audaz y temáticamente sugerente, aunque su reticencia a asumir riesgos más radicales la mantiene confinada dentro de los límites convencionales del género.