JAN. 21 2026 GAURKOA Seamos incómodas Lidia RUIZ GÓMEZ Mugarik Gabe {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Durante estos días he leído varios de los textos de la cuenta de Instagram de Cristina Fallarás, desde aquí, gracias Cristina por ese espacio tan necesario, y por poner el cuerpo para que muchas, muchísimas mujeres puedan contar lo vivido, porque de eso se trata, de contar, de sentir que al otro lado hay alguien que lee, entiende, y que también en muchas ocasiones ha vivido algo muy similar. Porque no es con ánimo de señalar y buscar venganza, como critican algunos, porque si esto fuera de buscar venganza nuestro día a día se podría parecer mucho a la violenta película “La Purga”. En la cuenta, siendo recientes las fechas navideñas de encuentros familiares, hay muchos relatos sobre estos días; mujeres sentadas al lado de agresores, mujeres que se quedan solas en su casa por no hacerlo, mujeres que abandonan la cena porque las tachan de exageradas, de incómodas y a quienes se trata de silenciar en forma de broma o directamente a través de la violencia. Hay textos, también, cargados de culpa, por lo que pasó, por la reacción, por lo que hizo o no. En estos últimos años se ha avanzado (no tanto como nos gustaría, es cierto) en la visibilización de diversidad de violencias machistas, se oyen términos como violencia sexual, violencia vicaria, feminicidio... pero a veces solo vemos eso, no conectamos ni unas violencias con otras, y ni estas con nuestra cotidianidad. Hemos empezado a ver los árboles, que son las violencias, pero no el bosque, el patriarcado. El patriarcado produce a sus hijos sanos, los agresores, los varones hegemónicos, y moldea a las mujeres para soportar, y tolerar esta violencia, no de la misma forma en todos los contextos, momentos históricos e intensidades. Eso sí, no siempre tiene el mismo éxito aleccionador, ya que muchas mujeres, luchadoras, incomodan a este sistema. Y claro está, muchos hombres también se escapan de ese molde. Cuando una niña se despierta en la noche porque su hermano se ha metido en su cama y la está tocando, y su reacción es darse la vuelta y hacerse la dormida esperando que pare, ¿es su reacción visceral de defensa o es una reacción aprendida? De no chillar, de no poner en peligro la familia y sus relaciones... otra vez, de no incomodar. A eso me refiero con no ver el patriarcado, esta niña, hoy adulta, se sigue sintiendo culpable según comparte en su relato en redes, por su reacción, por no confrontar a su hermano a día de hoy, sin ver que esa reacción es también producto de su contexto, su educación, etc. Pero existe esa grieta, el contarlo, donde espero que la culpa se convierta en indignación y la historia tenga más episodios y no quede solo en ella. El patriarcado trata de desactivar nuestros deseos, nuestro instinto, nuestras opiniones propias, incluso nos hace dudar de lo que vemos. Recuerdo que, hace años, una superviviente de una relación larga de violencia por parte de su pareja contaba cómo meses después de finalizar esa relación dejó de teñirse de rubia, porque se dio cuenta que no le gustaba ser rubia. Lo vemos también en los procesos que desde Mugarik Gabe hemos acompañado con mujeres sobrevivientes de diversas violencias machistas, cómo a las mujeres les cuesta identificar que sería sanador, reparador para ellas, volver a conectar con lo que necesitan y desean es un proceso largo que necesita un componente comunitario de compartir con otras. Mirando a las niñas, también lo vemos en las escuelas, hay una infrarrepresentación en las detecciones de altas capacidades en las niñas porque ellas no quieren destacar, porque saben ya desde niñas que está mal visto que ellas sean más listas o listas a secas. Recuerdo también a una amiga que era fan de la película “El jardinero fiel”, allá por 2005, las dos éramos parte de una organización que ante nuestra crítica feminista siempre nos trataban de callar, porque éramos demasiado agresivas, porque reaccionábamos todo el rato por todo... y ella encontró en esta película a la activista que no se calla, que incomoda en los espacios en que está. Por aquella época eran pocas las narrativas en las que sentirnos identificadas. Luego, afortunadamente, hemos ido encontrando en nuestro camino activistas comunitarias, defensoras, de muchísimos lugares, verlo en pantalla está bien pero compartir espacios, luchas y esperanza es mucho mejor. No descubrimos nada nuevo en este texto, solo hay que ver periódicos o la televisión estos días para escuchar el relato de horror de dos víctimas de una persona conocida, Julio Iglesias, las opiniones cuestionando a ellas o directamente defendiendo a él, sin que pase nada. Parece que cualquier persona es experta en violencias machistas, cualquier opinión, válida, y tan pronto hablan de esto como la noticia siguiente es de los jardines llenos de caca de perro por el incivismo de las y los dueños... todo vale. Sabemos que nos quieren calladas, sumisas, pero se trata de apelar a ser incómodas en nuestro día a día. Responder a lo que nos incomoda, porque esa sensación pegajosa que se nos queda en el cuerpo, esa incomodidad como el miedo ha de cambiar de bando. El patriarcado funciona, desgraciadamente, porque si no, ¿cómo podemos explicarnos no estar en la calle quemándolo todo en un año que hemos terminado con una mujer asesinada cada cuatro días por el mero hecho de serlo? Y este año que comienza, con el contador a cero para que no parezca tanto, ya han asesinado a otras cuatro mujeres. Ante tanto horror, sigamos siendo incómodas, en las calles, en las casas, en los trabajos, en los bares y reuniones, allí donde podamos, y si no podemos serlo solas, busquemos compañeras con quienes serlo juntas. El patriarcado produce a sus hijos sanos, los agresores, los varones hegemónicos, y moldea a las mujeres para soportar, y tolerar esta violencia