GARA Euskal Herriko egunkaria
Interview
Diego Céspedes
Cineasta

«Debemos mirar al pasado para aprender a resistir en el presente»

Nacido en Santiago de Chile en 1995, tuvo una premiada trayectoria como cortometrajista antes de debutar en el largo con ‘‘La misteriosa mirada del Flamenco’’, que ha llegado a las salas tras hacerse con el máximo galardón de la sección “Una cierta mirada” en el Festival de Cannes y presentarse en Zinemaldia, donde obtuvo el Premio Sebastiane Latino.

(J. DANAE | FOKU)

Cofinanciada por la productora vasca Irusoin, “La misteriosa mirada del Flamenco” es un film que nos traslada al Chile de 1982. En pleno desierto de Atacama, una zona aislada de tradición minera, un grupo de transexuales sobrevive en una destartalada cantina desafiando las miradas de una comunidad anclada en una tradición de hipermasculinidad y violencia. Definida por algunos críticos como una especie de “western queer”, se trata de un largometraje que pone en valor la fuerza de la mirada para transformar nuestra percepción de mundo.

¿De donde surge esta historia? ¿Desde qué lugar la concibió?

Las películas independientes van armándose a partir de escenarios muy personales. En este sentido, son varias las imágenes que me llevaron a imaginar esta historia. Una que tengo muy presente es una imagen de mi hermana pequeña pintándole las uñas de los pies a mi hermano mientras se contaban chismes. Ese momento de intimidad me llevó a pensar en los dos protagonistas de la película: en Lidia, que es una niña pequeña, y en Flamenco, que es, a la vez, su hermano mayor pero también su mamá, una figura protectora.

Luego hay también orígenes más temáticos, como todo el asunto del sida y de cómo era percibida esta enfermedad cuando comenzó a darse a principios de los años 80. Me acuerdo que mis papás tenían una peluquería donde trabajaban maricas y la mayoría de ellos murieron de sida. Ahí quedó algo en mi inconsciente que me apretaba la panza cuando fui creciendo. Como miembro de la comunidad de maricones, yo mismo tuve que enfrentarme a esta sociedad llena de prejuicios según fui creciendo, y eso me hizo situar esta historia en aquella época.

Sin embargo, en su película omite en todo momento hablar del sida directamente.

El sida, desde sus orígenes, fue algo terrible que dio lugar a un número infinito de prejuicios que conservamos hasta el día de hoy. Y a mí más que de la enfermedad en sí me interesaba hablar de esos prejuicios, contar las repercusiones que tuvo el sida y cómo a los enfermos de sida se les escondía del mundo por miedo a que fueran estigmatizados. Un miedo que nace del odio hacia lo desconocido, algo que no deja de ser un mecanismo de defensa en muchos de nosotros, pero que ahí está, latente en nuestra sociedad. Debemos mirar al pasado para aprender a resistir en el presente. El tema de la película no es el sida, sino el modo en que un grupo de personas resiste frente a los discursos del odio, de ahí que optase por omitir toda mención a dicha enfermedad.

Tampoco hace alusión al contexto sociopolítico que existía en Chile a principios de los años 80, con la dictadura como telón de fondo, a pesar de reflejar toda la podredumbre moral implícita en dicho contexto.

El enemigo tiene nombre, está Donald Trump y están todos los presidentes de extrema derecha que hay ahora mismo en el mundo, como en su momento estuvo Pinochet, pero detrás de esos nombres hay algo que es innombrable como es el miedo, el desprecio al que no es como nosotros o no piensa como nosotros, y ese es el mal que yo quería retratar en la película. No necesitamos conocer los nombres para mostrar aquello que hay detrás de ellos.

Al final todo se resume en un concepto como el de mirada que está incluso en el título de la película, ¿no?

La mirada nos conduce a lo más profundo del ser humano, cuando uno mira a una persona puede saber lo que está sintiendo esa persona, puede conocer su estado de ánimo pero, por desgracia... ¡nos miramos tan poco! Estamos hiperconectados, saturados de información y sin embargo cada vez nos cuesta más algo tan básico como mirarnos, que es la condición necesaria para formar una comunidad. Mirar está en la esencia de mi trabajo y hablar sobre ello es hablar sobre los prejuicios, sobre la capacidad de descubrir. Por eso esta película gira en torno al misterio de la mirada y a cómo mirar nos puede llevar a amar. Al final la película lo que hace es cuestionar los distintos tipos de amor y eso afecta incluso a la forma que adquiere el film, que transita desde escenarios propios del western a otros de telenovela.

La película también habla del modo en que miramos dentro de nosotros mismos y de la vergüenza que a menudo nos produce el deseo que sentimos por aquello que contraviene lo normativo.

Totalmente. Es lo que les ocurre a los mineros que visitan la cantina donde trabajan las travestís de la película. Creen que ese amor que pueden llegar a sentir por ellas menoscaba su masculinidad. Pero la gente que abogamos por un mundo más diverso no estamos en contra de la tradición ni de lo masculino, sino de la violencia inherente a ciertos modelos de masculinidad, una violencia dañina que nos impide vivir en comunidad. Nadie apunta a destruir la imagen del hombre, simplemente anhelamos una mirada más diversa que nos lleve a la aceptación del otro, porque desde ahí se construyen las políticas públicas. Las travestís protagonistas de mi película no tienen hechuras de heroínas, son seres imperfectos que la cagan un montón, no son un ejemplo a seguir salvo en su capacidad de resistencia. Porque ellas no están en contra del otro, sino a favor de recibir lo que reciben las demás personas: amor y ternura.

Hay una frase del personaje de Flamenco, cuando ella dice «Quiero dejar de ser un secreto», que confiere a la película una carga de contemporaneidad muy acusada.

Vivimos en un mundo totalmente en crisis, la gente tiene miedo de que la realidad que cada quien ha construido en su cabeza se debilite. Esa inseguridad es la que nos lleva a apoyar discursos de odio y a elegir a aquellos políticos que mejor los encarnan. Y lo dramático es que siempre apuntamos con ese odio a los colectivos más debilitados, es lo más fácil. Los consideramos una amenaza cuando no tienen nada de amenazante. Esas personas no quieren que tú caigas, lo único a lo que aspiran es a dejar de ser un secreto, como le ocurre a Flamenco. Pero nuestro odio nos lleva no solo a privar de visibilidad a esas personas, sino incluso a querer eliminarlas.

Entonces, ¿cree que el gran déficit que tenemos hoy en día es la incapacidad de amar?

Hoy en día el amor se ve como algo místico o como un ideal, pero amar no tiene nada de místico, es algo muy concreto que tiene que ver con cuidar a otra persona, protegerla, preocuparte por ella. Es sentarse, escuchar y entender al otro. Amar es tener la predisposición para mirar a alguien a los ojos y ver ahí a otro ser humano. Y eso es algo que también se aprende.

Focalizando en su país ese resurgir de los discursos del odio a los que antes se refería, ¿cómo vive, como chileno, la llegada al poder de la extrema derecha?

Con preocupación pero, en el fondo, cada país tiene su propia extrema derecha dispuesta a alentar el miedo de la gente hasta el punto de hacerle votar por algo que realmente no le beneficia.

En el caso concreto de Chile se da la paradoja de que siendo uno de los países más seguros de todo Latinoamérica ha ido calando entre el pueblo un discurso alarmista sobre la inseguridad ciudadana que es el que ha llevado al poder a Kast. Ahora lo que toca es sobrevivir a esto teniendo fe en la humanidad y en esa historia común que compartimos, que es la que nos hace estar vivos como sociedad. Y creo que ese mensaje de esperanza se deja sentir en mi película.