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Necesitamos actuar en un mundo sin reglas y violento


Los movimientos populares, desde los partidos de izquierda hasta los sindicatos, las feministas y las disidencias sexuales, hemos aprendido a movernos (organizamos y hacer valer nuestros derechos) bajo largos períodos de democracia. Pero esta realidad está en su etapa final. Nos corresponderá asumir que comienzan a vaciarse las reglas, la legalidad, los derechos y, por supuesto, la democracia.

Aunque me gustaría equivocarme, creo que estamos ingresando en un período de disturbios generalizados que conducirán a guerras civiles y revoluciones. Los movimientos deberán enfrentar gobiernos autoritarios y dictaduras, que no serán similares a la de Franco, ni siquiera a las de Pinochet o Videla, sino algo más trágico aún. Porque estamos ante un viraje mucho mayor que supone no solo la crisis de la dominación de los Estados Unidos y de Occidente, sino un tremendo caos climático global.

Mientras escribo estas líneas, el dólar se está derritiendo, el oro supera los 5.000 dólares la onza y se prepara un fenomenal ataque contra Irán, además de la continuación del genocidio del pueblo palestino y la ofensiva militar contra el pueblo kurdo en Siria. La sucesión de hechos podría ser: debacle financiera desde 2008 y el consiguiente aumento de la desigualdad, guerra contra los países que no se pliegan al Pentágono y guerra contra los pueblos. Las tres acciones están íntimamente entrelazadas al punto que una conduce a la otra.

Aunque cada quien puede hacer su elección, en lo personal lo que más me interesa es la guerra de exterminio contra pueblos, clases oprimidas y los más diversos movimientos de abajo. Lo que viene sucediendo estos días en Minneapolis, es una pequeña muestra de lo que nos depara el futuro.

El Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP) la denomina «guerra sistémica permanente» que durará unos 20 años a partir de su comienzo, este mismo 2026, siendo su epicentro la «reorganización geopolítica».

Pero aquí no debemos perdernos. Una cosa es el ascenso de China, la decadencia de Estados Unidos y la «derrota» de Occidente, y otra muy diferente (aunque relacionada) es la brutal guerra de los ricos contra los pueblos. Gaza y el pueblo palestino son el mejor ejemplo de esta realidad, a la que debe sumarse como hemos dicho la guerra contra Rojava, contra el pueblo venezolano y, quizá mañana, el cubano, además de las ofensivas en Yemen, Sudán y otras geografías de Medio Oriente. Cada quién elige trinchera.

Desde el punto de vista de los movimientos populares, creo que estamos ante desafíos tremendos, pero, a la vez, no tenemos las condiciones para afrontarlos y superarlos.

El primero está relacionado con una célebre frase de Walter Benjamin, quien intentaba comprender las razones del ascenso del nazismo. «Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente», escribe en “Tesis de filosofía de la historia” para explicar el conformismo de las clase obrera en tiempos de socialdemocracia. Agrega que el movimiento se habituó a caminar por un tiempo «homogéneo y vacío», en el cual «la clase desaprendió tanto el odio como la voluntad de sacrificio».

Cinco décadas navegando en aguas serenas han debilitado el carácter de los sectores populares. Creo que es necesario profundizar la mirada de Benjamin, ya que no se limita a criticar al fascismo sino que, para comprender su ascenso, ha debido reflexionar sobre lo que sucedió en las fuerzas sociales que podían frenarlo. Por eso creo que es importante asumir que en estos tiempos el activismo de la derecha es probablemente más potente que el de la izquierda, quizá con la excepción de Euskadi y de Catalunya.

La política de «derechos» implementada por las derechas y las socialdemocracias tiene precisamente ese objetivo: desorganizar, desvitalizar a los pueblos y las clases que potencialmente puede oponerse a los planes capitalistas. Es evidente que esto no implica dejar de lado las democracia ni los derechos, sino algo mucho más profundo: comprender las consecuencias para no volver a cometer los mismos errores.

La segunda cuestión es que no tenemos estrategias para luchar bajo el «estado de excepción», como también señalaba Benjamin, que se va convirtiendo en la práctica habitual de las clases dominantes para mantenernos oprimidas. Lo que sucede en Minneapolis debería hacernos reflexionar. Ni qué hablar de los que viene sucediendo en el Sur Global, desde hace ya mucho tiempo, aunque tampoco en esta mitad del mundo estemos preparados para lo que se nos viene.

La pregunta es: ¿cómo vamos a luchar cuando ya no se respeten nuestros derechos, cuando la democracia sea apenas una cáscara vacía, cuando la cruda violencia sea la principal forma de dominación? Como puede observar cualquier persona que participe en movimientos, se trata de temas que no estamos abordando pese a la urgencia que tienen ante la deriva actual del capitalismo.

El megaespeculador Ray Dalio estudió más de 50 guerras civiles y revoluciones, y concluye que en los períodos turbulentos «los grupos étnicos, raciales y socioeconómicos a menudo son demonizados», como lo fueron los judíos en la Alemania nazi y los católicos británicos durante la Revolución Gloriosa. Aunque no lo menciona, en muchos países los demonizados suelen ser los migrantes (como hoy en Estados Unidos), sin olvidar que son la mayor parte de los desaparecidos en México y Centroamérica.

Es evidente que los poderosos van a seguir echando fuego contra «minorías» que, con el correr de los años, van rotando de unos grupos a otros. Creo que los que queremos cambiar este mundo debemos hermanarnos con los grupos demonizados, aceptar que en la historia de los oprimidos «el estado de excepción» es la regla.

Siento que éstos son los temas del momento, no las elecciones. En particular, me preocupa uno: ¿cómo vamos a responder a la violencia de arriba? Los zapatistas transitan por la «resistencia civil pacífica». Es hora de debatir para abrir rumbos.