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Interview
Kleber Mendonça-Filho
Cineasta

«No pretendo reconstruir una historia real, sino una época»

Nacido en Recife en 1968, es uno de los nombres de referencia del actual cine brasileño. Su película “El agente secreto” llega ahora a las salas tras salir doblemente premiada del último Festival de Cannes y con el aval de sus cuatro candidaturas al Oscar, incluyendo las de Mejor Película, Mejor Actor y Mejor Película Internacional.

(Fotografias: Ulises PROUST | SSIFF - Víctor JUCA)

“El agente secreto” es una apabullante evocación de un tiempo y de un país, el Brasil de los 70, un país sometido a una férrea dictadura militar. Pero también es un homenaje al cine como depósito de memoria y herramienta de representación y una dignificación de la figura del disidente. Es tantas cosas a la vez que, sin duda, estamos ante una de las grandes películas del año.

El pasado año Brasil conquistó el Óscar a la Mejor película internacional con «Aún estoy aquí», que evocaba los años más cruentos de la dictadura militar. Este año usted parte como favorito a ese mismo galardón con «El agente secreto», un film ambientado también en aquel período. ¿Hasta qué punto cree que es importante que el cine sea un depósito de memoria?

Me resulta muy difícil establecer cuáles son las motivaciones que me llevan a rodar una película. Si echo la vista atrás, creo que “El agente secreto” surgió de las sensaciones que empecé a experimentar hace unos diez años, durante la presidencia de Bolsonaro. Antes de aquello había una idea generalizada de que la dictadura era algo que habíamos superado, toda la memoria de lo que fue aquel período la habíamos almacenado en cajas de museo y vivíamos nuestras vidas mirando exclusivamente hacia el futuro. Pero hace diez años tuve la sensación de que había cosas que estaban volviendo. De repente, comencé a escuchar a algunos analistas hablar de dictadura y de “dictablanda” como queriendo indicar que, a fin de cuentas, aquel gobierno militar no fue tan terrible, que de haberlo sido se podían haber cargado perfectamente a 100.000 peligrosos disidentes, pero que jamás se alcanzaron esas cifras. Escuchar todo aquello revolvió algo dentro de mí y empecé a darle vueltas a la idea de desarrollar una historia sobre el pasado o, más bien, sobre cómo ese pensamiento político del pasado volvía a emerger en el Brasil contemporáneo.

Y, sin embargo, usted es reacio a calificar «El agente secreto» como un film político o un film sobre la dictadura.

No me gustan esas etiquetas: son puro cliché, y tampoco estoy muy seguro de que reflejen lo que yo he pretendido hacer con “El agente secreto”. De hecho, en el cine brasileño, pero también en Argentina o en Chile, las “películas sobre la dictadura” se han consolidado como una suerte de género. Se trata de un tipo de filmes que siguen un procedimiento y unas estructuras de las que yo, deliberadamente, he buscado alejarme lo más posible con esta película. En “El agente secreto”, no pretendo reconstruir una historia real, sino reconstruir una época. Me parece más útil para combatir esa suerte de amnesia que se ha instalado en buena parte de la sociedad brasileña y que, en todo caso, es una amnesia autoinflingida.

A la hora de llevar a cabo esa reconstrucción de un tiempo y de un país, me imagino que se alimentó mucho de su propia memoria. ¿Por qué decidió ambientar la historia de «El agente secreto» en 1977?

Se trata de un año que está más vinculado a mi propia memoria que a la memoria de mi país, por así decirlo. En 1977 yo tenía 9 años y mi madre enfermó. Ante esta circunstancia, yo y mi hermano pequeño, de 7 años, pasábamos mucho tiempo con mi tío, que solía llevarnos mucho al cine para intentar distraernos de lo que estaba pasando en casa. Tengo una conexión emocional muy fuerte con aquel período y, más allá del contexto político, fueron esos recuerdos ligados a mi propia memoria los que me llevaron a escribir la película.

Luego hay circuntancias vinculadas a lo que fueron aquellos años que también forman parte de mis recuerdos. Por ejemplo, yo estudiaba en un colegio que no era una academia militar pero donde, aún así, todos los viernes nos hacían desfilar a los alumnos como si fuésemos soldados, lo cual siempre me pareció algo absurdo. También recuerdo a los adultos conversar con normalidad y, de repente, bajar la voz porque, no sé, tenían miedo de algo. Todos esos recuerdos no tienen un reflejo como tal en la historia de la película, pero inspiraron su escritura.

El guion se nutre también de historias que escuché en mi familia o a los vecinos. Más recientemente, durante los años de Bolsonaro, hubo como una reactivación de las redes de solidaridad y de apoyo entre los opositores al Gobierno y de ahí surgió el personaje de doña Sebastiana y la historia del edificio. Mientras que la decisión de ambientar el film en Recife vino dada porque Recife siempre ha sido como un oasis de libertad, para mucha gente de izquierdas fue como una especie de refugio durante la dictadura. A Recife llegaban, por ejemplo, muchas personas desde São Paulo, que es una ciudad mucho más conservadora, buscando protección. El guion de la película parte, por lo tanto, de una amalgama de ideas, recuerdos y sensaciones que, según la escribía, iban tomando forma.

La memoria también procura una distorsión en cómo percibimos el espacio físico. Su película, de hecho, juega un poco con esa idea.

“El agente secreto” trata, sobre todo, del tiempo y la memoria. Hay un niño pequeño que es increíblemente cariñoso e inocente y que quiere mucho a su padre. Pero entonces la historia juega un papel muy cruel en la vida de este niño, que crece y se convierte en médico y en adulto.

Creo que todos los cambios de los que habla la película se reflejan en este personaje. La fotografía cambia cuando pasamos al presente. La forma en que la cámara se desplaza también cambia y el propio personaje cambia: ya no es ese niño pequeño, es un adulto que tiene un trauma y que trabaja en un hospital construido sobre el solar de lo que años atrás había sido un cine. Más que hablar sobre la distorsión de los recuerdos, la película refleja lo difícil que puede ser el paso del tiempo para todos nosotros, para nuestras vidas en particular y para el país en su conjunto. Esa idea está muy presente en toda la parte final. Puede que sea un final muy triste, incluso sombrío, pero creo que es bastante honesto y realista. Por lo tanto, el modo en que cambia nuestra percepción de determinados espacios físicos tiene que ver con los efectos del paso del tiempo.

Esa recreación de un tiempo, de un país y de unos escenarios está imbuida de una esencia muy lúdica que le lleva a conectar su propuesta con el cine de género y con el tipo de imágenes, texturas y puesta en escena que definían este tipo de narraciones en aquellos años. En este sentido, «El agente secreto» es también un homenaje al propio cine.

Sí, lo es, y todo gracias a la tecnología que te permite crear imágenes muy sofisticadas. Yo cuando empecé a rodar cortos, en la universidad, no tenía todos esos recursos que tenemos hoy para conferir un estilo visual tan específico a las películas que rodamos. ¿Y sabes qué? En el fondo me alegro de no haberlos tenido, porque eso te lleva a desarrollar un criterio en el uso de esas herramientas tecnológicas que, con ser maravillosas, constituyen también un peligro, porque si las usas atendiendo a una inercia y no a un punto de vista, al final corres el riesgo de rodar algo homologable al noventa por cierto de películas que se ruedan. Hace algunos años recuerdo haber visto una película que tenía la misma factura visual que el spot institucional del ayuntamiento que habían proyectado justo antes de la película. Yo creo que estamos saturados de películas que se asemejan las unas a las otras en lo que a factura visual se refiere. Por eso, cuando rodé “El agente secreto” trabajé muy estrechamente con el director de fotografía a la hora de determinar los tonos que queríamos para el film. ¿Cómo podemos crear una imagen que sea específica, interesante y a la vez hermosa y que, de paso, nos sirva para diferenciar los distintos momentos en los que transcurre la acción? Ese fue el punto de partida, pero luego todo suma: la dirección artística, el trabajo del departamento de maquillaje y caracterización, los decorados....

Pero esa mirada cinéfila a la que aludíamos, ¿le llevó a adoptar la obra de otros directores como referencia?

Sí, pero no hay premeditación en ello, surge de manera muy orgánica, muy natural, y tampoco es algo que se circunscriba a esta película, creo que en todos mis largometrajes está esa veta cinéfila que me l a maridar estilos, referencias... Por ejemplo, en mi primer trabajo, “Sonidos de barrio”, pensé mucho en Robert Altman mientras que para “Bacurau” quise una estética parecida a la que tenía el cine australiano de los 70, pero con cosas de Sergio Leone y de Brian de Palma....

Por lo tanto, también en el aspecto visual, «El agente secreto» es un filme conectado con esa idea del legado y de los efectos que el paso del tiempo tienen sobre nuestro depósito emocional.

Claro, y es que además el audiovisual tiene una cosa extraordinaria relacionada con la preservación del legado. Si la grabación de esta conversación la escucháramos dentro de cuarenta años, seríamos conscientes de lo mucho que hemos cambiado. Y si las personas cambian, los países y los territorios también lo hacen.

De hecho, recuerdo mi primer viaje por España y Portugal a principios de los años 80. Recuerdo a la gente como compungida y muy austera en su forma de ser, nada que ver con el carácter brasileño. Aquello me impactó y hoy, cuando vuelvo 40 años después, compruebo en qué medida el paso del tiempo ha operado transformaciones en el modo de ser y de estar de españoles y portugueses. Y con el cine pasa lo mismo: la manera de percibir la realidad y de representarla cambia de un territorio a otro, de una época a otra. El cine te permite asomarte al pasado y, al mismo tiempo, configurar el futuro. En este sentido, me gusta la idea de que una película como esta pueda ayudar a las generaciones más jóvenes a comprender el pasado.