FEB. 26 2026 GAURKOA Tesis para la preocupación Iñaki RODRIGO ETXEBARRIARTEUN {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Reconozco que me encuentro desconcertado. El pasado 13 de febrero comenzaron unas jornadas dedicadas a una «transición ecosocial justa» organizadas por Zigoitiabai (asociación surgida como respuesta a los proyectos depredadores de la empresa Solaria) y las ideas fuerza que quedaron flotando tras la primera jornada fueron que dicha transición tiene que ser rápida, que tiene que ser a gran escala, y que tiene que ser democrática. Estoy desconcertado con estas tesis ya que, en su desarrollo argumental, la orientación que señalaba nos mueve a un esquema NIMBY: de seguirlo, parecemos decir «renovable industrial sí, macroproyectos también, pero no en nuestra casa». Reivindicamos poder opinar, minimizar daños tal vez, pero en el fondo asumiendo que queda oficialmente legitimada la estrategia energética. Añado pues preocupación a mis sensaciones. En la citada charla, y entre otras apreciaciones, el y la ponente mostraron su satisfacción de que la evolución del mix energético en el Estado es positiva, ya que se observa que las energías renovables sustituyen a las fósiles. Ante este punto, dos reflexiones: primero, que si consideramos la emergencia climática o la necesidad de reducir el CO2 en términos absolutos como un fenómeno mundial, en el que hay un sur global especialmente «sufriente», es coherente evaluar dicho mix a esta misma escala; y en esta, la producción energética se suma (paradoja de Jevons). Dicho lo cual, si a nivel del Estado esta sustitución es tal, y esta es mi segunda consideración, habrá que convenir que habría sido posible gracias al desarrollo masivo de los megaproyectos en la península (Andalucía, Galicia, Castilla, Aragón, etc.). Un desplazamiento masivo de personas y, sobre todo, de usos, una apropiación de tierras realizada sin pudor, con complicidad institucional, y cuyas consecuencias aún no vislumbramos (recomiendo volver a observar las imágenes y escuchar los testimonios de cómo se han materializado estos proyectos). Ergo si el resultado en el corto plazo y en términos de configuración del mix energético es positivo, me pregunto si la propuesta entonces es «dejar hacer», reivindicando, eso sí, el derecho a poder opinar o intervenir de alguna forma, con la esperanza de que esos necesarios proyectos a gran escala, que nuestra industria y modo de vida agradecerán, no sean ubicados en nuestro municipio, o sean aparentemente mejorados. No sé, reconozco mi desasosiego y mis dudas. Se puede discutir la democratización de la planificación, se puede reivindicar la apropiación pública de los medios de producción. Pero nada de ello cuestiona lo que Saito, en su relectura de “El Capital” de Marx, denomina «determinismo de las fuerzas productivas», perspectiva desde la cual se minusvalora el papel del incremento de la capacidad productiva en la crisis climática. Me pregunto dónde quedaría, de imponerse esta tesis, toda la argumentación que construimos de manera espontánea, cada cual con sus referencias, en qué cajón quedará encerrado todo el cuestionamiento e indignación que nos sangraba cuando vimos aparecer a la bestia. Mi sensación es que, de asentarnos en este posicionamiento, el camino a la implantación de macroproyectos energéticos quedaría desbrozado. Porque si el modelo no cambia, lo que hoy es una supuesta salvaguarda administrativa mañana se suprime, sustituye, manipula o se interpreta de la manera que interese al capital, y lo que parece una mejora técnica para un menor impacto se convierte en una alfombra roja para la ampliación de los proyectos. El ecologismo ha enarbolado durante décadas la bandera de las energías limpias; la necesidad de este tránsito no está en cuestión. Sin embargo, cuando el capitalismo (corporaciones e inversores) extractivista y codicioso ha convertido este anhelo en un casino, y sin escrúpulo alguno ha decidido que la fórmula de implantación debía salvaguardar la rentabilidad por encima de todo, el ecologismo ha titubeado. En ocasiones, por la aparente contradicción en la que se sentía atrapado, pero también por «respetar» la incómoda posición política de una izquierda de la que proviene su cultura militante, y que obligada a presentar el crecimiento económico como oferta electoral, ha tenido que asumir postulados y actuaciones de difícil digestión. Los movimientos sociales no deberían por definición bailar al son de la política porque, como decía Manuel Castells «el combustible para las transformaciones sociales está en la calle». Si un movimiento o colectivo social en lugar de ser combustible de cambio, es acompañante o colaborador necesario de cualquiera de las culturas políticas, deja de ser creíble y deja de ser movimiento social. A mi parecer, si el movimiento ecologista en cualquiera de sus formas asume que el despliegue de renovables se puede hacer de manera masiva, con proyectos a gran escala, prescindiendo de salvaguardar el uso futuro de las tierras, obviando el problema del tratamiento de los residuos generados, girando la mirada ante las agresiones coloniales que genera y sus consecuencias, y dedica sus esfuerzos a la construcción de un relato que le otorgue una posición política de interlocución o de favor, no será combustible; como mucho podrá patrimonializar (de manera colectiva o individual) cualquier movimiento cosmético que se fragüe en el ámbito institucional, o cualquier presunta mejora, aunque la misma sea una puerta abierta al desastre futuro. Los grupos sociales y de respuesta se construyen con el debate y la acción, y en su andadura desnudan la realidad, fiscalizan las actuaciones, crean conciencia, informan y son «piedra en el zapato». Nada más y nada menos. Si un movimiento o colectivo social en lugar de ser combustible de cambio, es acompañante o colaborador necesario de cualquiera de las culturas políticas, deja de ser creíble y deja de ser movimiento social