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La jauría


Amanece en la ciudad, o en ese pueblo de provincias donde el campanario aún marca los cuartos con una puntualidad melancólica, y el primer sonido que rasga el silencio de la madrugada ya no es el del camión de la basura, ni el del panadero levantando el cierre metálico de su negocio con un estruendo familiar. El primer sonido, colándose por las rendijas de las persianas a través de la radio o de la pantalla fosforescente del móvil, es el ladrido sordo, constante y pegajoso de la jauría.

No es una manada de perros vagabundos buscando calor en los rincones de la plaza, no. Es la clase política en pleno y febril ejercicio de sus funciones. Y así, antes siquiera de que la vieja cafetera italiana empiece a murmurar su borboteo negro y caliente, el ciudadano ya tiene el alma encogida, la paciencia en números rojos y la certeza de que el día será, de nuevo, un campo de batalla ajeno.

En los plenos municipales, en las asambleas o en el propio Parlamento, una observa a nuestros representantes y no puede evitar acordarse de esos gatos domésticos, soberbios, territoriales y caprichosos, que se pasan las horas lamiéndose una pata con fingida y elegante indiferencia hasta que, de pronto, por un crujido imperceptible, arquean el lomo, bufan y se lanzan a la yugular del primer congénere que pase por allí.

Ese es el espíritu de nuestro tiempo: todo vale. Y vale para todos. Un expediente traspapelado hace quince años, un familiar lejano, una palabra mal pronunciada en una entrevista de radio; todo es munición pesada para la trinchera. Y en medio de este fuego cruzado de vanidades heridas y egoísmos territoriales, resuena la palabra fetiche de la época, el verbo mágico que justifica el estrépito: movilizar.

«Hay que movilizar a los nuestros», claman los líderes desde sus atriles, con la vena del cuello hinchada y el dedo índice acusador apuntando a la bancada contraria o a las cámaras de televisión. Pero el ciudadano, que a esas horas ya va en el autobús o en el metro apretado como sardina en lata camino del trabajo, se pregunta legítimamente: ¿movilizar hacia qué? En esta política mal entendida, movilizar no significa convocar voluntades para construir un puente. Movilizar es, pura y dolorosamente, azuzar a la jauría hacia el ataque al otro.

Qué fácil es criticar. Qué barato resulta el verbo incendiario. Para destruir al adversario, para rasgarse las vestiduras y hablar muchísimo sin decir absolutamente nada, para eso valemos todos. Ocupar un asiento opositor, desde cualquier institución, no debería significar humillar y lastrar el trabajo de otros, debería ser un trato de colaboración, porque la política nació para eso, aunque ya esté olvidada.

La ciudadanía no es una masa ingenua ni sorda. Ya no compramos el ruido asfixiante, ni nos tragamos ese guion, tan predecible como peliculero y destructivo, que dicta que todo lo que hace «el otro» es intrínsecamente malo. Nos agota esa batalla de marketing barata sustentada en el odio fabricado, porque el ladrido constante de la jauría hace tiempo que dejó de impresionarnos.

Y ahora que asoman tiempos de campaña política por todas partes, ¿qué sorpresas nos esperan? Seguramente las de siempre: ver cómo se echan los trastos a la cabeza. Pero ocupar un escaño o un sillón municipal no otorga un aura divina ni un pedigrí de superioridad moral. No sois nada especial y pensar que sí no hace más que alejarse de la realidad social... Sentarse ahí no debería ser otra cosa que ser uno más, alzando la voz coherente de cualquier ciudadano. Nos representáis porque el sistema es así, no por gracia divina. Quizá, a veces, se olvida.

Por eso, seas oposición, gobernante o quien quiera que seas: si te percatas de que algo va mal, da la mano, no una bofetada. Estás ahí para representarnos a todas, para ayudar, no para ocupar el tiempo en tirar cualquier iniciativa o poner piedras por venganza política o resentimiento. Porque el objetivo final no es ganar el asiento, ¿verdad? El objetivo no puede ser ver que algo no va bien y dejarlo morir en el tiempo para utilizarlo en beneficio propio.

Si de verdad creéis que algo puede mejorar, guardad los cotilleos, los rumores y los chivatazos al representante político. Arremangaos y arrimad el hombro. Adelante, porque el objetivo es que cada uno saque lo suyo adelante con los esfuerzos de todas las manos. Esto no va de marcas ni de colores; esto va de todos a una. ¿Verdad? Seguro que así es.

Pónganse en situación: después de meses o años de lanzar promesas, de asegurar que arreglarán el municipio o la región en dos tardes y de jurar que el enemigo es la encarnación de la incompetencia, el que era oposición entra por fin en el despacho. Se sienta. Y de repente, los técnicos y los interventores de Hacienda le ponen sobre la mesa las carpetas de la realidad. Descubre la telaraña burocrática, la caja fuerte vacía, la directiva inquebrantable que llega desde la lejana Bruselas.

Hay una cazuela enorme al fuego. Dentro borbotea y se cuece la vida de la gente: la educación de los niños, la sanidad, los impuestos de los autónomos, la luz de las farolas, el futuro. Y alrededor de los fogones, los cocineros. En lugar de coger la cuchara de palo, bajar el fuego y remover el guiso con paciencia sazonado entre todos para que no se pegue, se gritan. Se insultan por el pedigrí ideológico del pimentón.

Mientras ellos discuten, la cazuela, ignorada, se quema. El agua se evapora, el fondo del guiso se agarra y se carboniza, y un humo negro, espeso y acre empieza a inundar los pasillos. Pero no paran, porque en la jauría, el que cede la palabra, pierde la vida.

Sobre la mesa se sirve un plato humeante, negro y con sabor a pura ceniza. Los cocineros se limpian las manos en el delantal con elegancia gatuna, se echan la culpa mutuamente ante la prensa y se marchan a preparar el menú de la siguiente bronca.

¿Y quién se come el plato quemado? Pues ya lo sabes. El mismo que se despertó con el ladrido.