APR. 24 2026 LA BUENA HIJA La violencia que no grita, pero permanece Gaizka IZAGIRRE HERNANI {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} La directora Júlia de Paz Solvas, cocreadora y guionista en la maravillosa “Querer”, traslada a “La buena hija” ciertos elementos que tenía la serie; depurada en lo formal, delicada en el tratamiento emocional y sostenida por una notable madurez narrativa. La historia sigue a Carmela (Kiara Arancibia), que tras la separación de sus padres se instala junto a su madre (Janet Novás) en casa de su abuela (Petra Martínez). En ese nuevo equilibrio familiar, todavía inestable, la joven no deja de gravitar hacia la figura de su padre (Julián Villagrán), un artista al que admira con una devoción que resulta tan comprensible como inquietante. Lejos de los enfoques más evidentes del cine social, la película se adentra en la violencia desde un ángulo lateral. El de quien la rodea, la percibe y, sin embargo, no logra desprenderse afectivamente de ella. Es precisamente en esa contradicción donde la obra encuentra su mayor fuerza. No hay grandes estallidos dramáticos ni subrayados innecesarios, todo se construye desde la contención. La tensión no se muestra, se insinúa. Y en ese gesto, la película se acerca por momentos a un thriller íntimo, donde el peligro no es físico sino emocional, casi imperceptible, pero constante. El padre no queda reducido a una figura monstruosa, sino que se mueve en una zona mucho más incómoda; afectuoso y dañino al mismo tiempo. Destaca con fuerza la presencia de Kiara Arancibia, capaz de sostener el peso emocional del relato. A su lado, Julián Villagrán construye un personaje lleno de matices, probablemente uno de los trabajos más complejos de su trayectoria. Una película que no ofrece respuestas fáciles, pero que deja una huella persistente precisamente por su capacidad para incomodar desde la sutileza.