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Jim Crow


En 1828, hace ya casi dos siglos, el actor estadounidense Thomas Dartmouth Rice popularizó el personaje de ficción llamado Jim Crow. A Rice se le considera el padre del minstrel show, una suerte de teatro racista en el que actores blancos se pintaban la cara de negro, una práctica conocida como blackface, también hoy día. Pues bien, a Jim Crow se le caracterizaba como un individuo torpe, ignorante y ridículo, protagonista de una representación deshumanizada de los afroamericanos. Creada por blancos, para la diversión de los blancos. Este personaje y, en general, el género en el que se encuadraba, iba más allá del terreno del entretenimiento y se utilizaba como afilado instrumento de degradación de la imagen social de las personas negras.

De hecho, a finales del siglo XIX, este personaje prestaría su nombre a un conjunto de normas legales en el sur de los Estados Unidos, las conocidas «Leyes Jim Crow», que otorgaban cobertura y legitimación a la segregación racial. Escuelas, transportes, baños y hasta fuentes públicas tenían acceso diferenciado según el color de la piel. Primero, los blancos. El resto, después.

Más cerca en el tiempo, dos siglos más tarde, Juanma Moreno, el presidente del PP en la Junta de Andalucía, mostraba a las claras cuál es su sensibilidad en esta materia, al pintarse la cara de negro para encarnar al mago Baltasar en la cabalgata de Sevilla del pasado mes de enero. Y siguiendo con la mascarada, ahora, con las elecciones del mes de mayo en el punto de mira, trata de distanciarse de Vox en lo que se refiere a la «prioridad nacional». Toca pintarse la cara de progresista para, de paso, enfangar un poco más la postura de su partido al respecto. Pero no engañan a nadie. Se les ven las costuras. El nacionalismo excluyente está en la genética política de la derecha española, sean cuales sean sus siglas, con o sin la cara pintada. Y cuando Vox agita la bandera del populismo fascista para sacar rédito del inquietante mantra prioritario, lo único que preocupa al PP es que le pueda restar votos. Porque, en el fondo, disfrutan tanto o más del mismo miserable show racista.