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Seducir tanto como cuidar


Queda un año para que empiece otro ciclo electoral con las elecciones municipales, forales y al Parlamento navarro a la vista, y los partidos políticos ya empiezan a calentar motores. El PNV ha sido el más tempranero con un acto que celebrará en Durango este mismo mes, justo al año de la cita electoral. El resto aún no ha anunciado nada, pero ya se ven indicios de hacer acopio de fuerzas en todos ellos.

Estas elecciones no solo servirán para la conformación de las diferentes instituciones de Hego Euskal Herria, sino que tendrán una traslación importante sobre la valoración ciudadana con respecto a la gestión de las mismas. Fundamentalmente supondrán un termómetro para medir si las estrategias de los partidos en los últimos 3-4 años han sido eficaces o no. Y junto a ello será el momento de medir a sus dirigentes. Algunos repiten, pero para Aitor Esteban, por ejemplo, serán sus primeras elecciones en su cargo y no me extrañaría que esté especialmente nervioso porque debe validarse frente a los suyos y un mal resultado lo dejaría en una clara posición de debilidad.

Para los que somos adictos a la política y tenemos alma competitiva, comienza, pues, una etapa apasionante. Las salas de máquinas de los partidos se llenan de estadísticas, barómetros y análisis de datos. Los partidos afinan cada vez más sus discursos, los segmentan, eligen con más precisión sus intervenciones y palabras empleadas o los colores y tipografías de los carteles. Se cuida más la escenografía de los mítines y la ropa que utilizan los candidatos y hasta los gestos tienen algo de técnica y de impostado. La profesionalización del aparataje electoral ayuda y mucho en el éxito. Otra cosa es que todo el mérito se le atribuya a dicha profesionalización, que es lo que nos dicen los gurús y los frikis que se dedican a ello. Pero qué duda cabe de que son servicios de los que no se puede prescindir.

Pero ninguno de esos gurús podrá negar que el factor humano y el carisma de las candidatas suelen jugar un papel quizá más importante que los anteriores, especialmente en los comicios a nivel municipal, dada la cercanía con los ciudadanos a los que aspiran a gobernar. En muchos pueblos pueden ser incluso el factor decisivo porque hay gente que vota a un candidato a pesar de que el partido no les guste mucho. A todos nos vienen ejemplos de grandes alcaldes que han conseguido aunar votos de manera transversal. También los ha habido poco queridos y cuya fama o prestigio ha ido descendiendo con el tiempo. Ese parece ser el caso de Donostia, Santurtzi o Getxo, donde, sin esperar al cambio de legislatura, ya se han pronunciado cambios o anuncios de cambio. Pienso que el PNV, a quien tradicionalmente le ha costado tanto hacer este tipo de cosas, lo debe estar pasando mal y tener un mal presentimiento o pronóstico en sus salas de máquinas como para haber hecho semejantes cambios en tan poco espacio de tiempo. Y me atrevo a decir que vendrán más.

La gestión de los recursos humanos es un tema muy peliagudo y difícil de gestionar política y comunicativamente, porque la imagen que se proyecta es la de «este o esta lo hace mal» y nadie quiere dar esa imagen. A veces de manera justa, pero otras tantas de manera muy injusta, las estructuras de los partidos tienen la potestad de realizar esos cambios de personas. La política es bastante deshumanizadora y las cuitas internas, las luchas de poder y los egos desmedidos pueden jugar muy malas pasadas. Lo estamos viendo a diario en los partidos de ámbito estatal. Hay gente que se debería ir y no la puedes echar ni con agua hirviendo: mucha gente, tanto en estructuras como en instituciones, que no tiene alternativa profesional, que jamás ha demostrado su valía fuera de la política, sin trayectoria y sin futuro garantizado, que dificulta mucho el relevo natural y la renovación. Todos esos michelines no ayudan a la imagen de los partidos. De hecho, tras el resultado de las autonómicas, el Gobierno Vasco renovó gran parte de sus consejerías en una clara interpretación de que la sociedad los estaba penalizando por ser «lo de siempre».

A nivel municipal, sin embargo, tener la capacidad de renovación no es tanto una necesidad, que también, sino un gran logro, porque no es nada fácil encontrar voluntarios. A diferencia de lo que sucede en la política profesional, en los municipios las personas que se implican lo hacen muchas veces a su pesar y sin los grandes defectos tan habituales en otros estándares como pueden ser la ambición individual, el competitivismo, etc. En definitiva, lo hacen en su inmensa mayoría por un compromiso militante con su municipio y sus gentes. Empeoran su calidad de vida, la gran mayoría ni tan siquiera percibe un salario por ello y los que sí se han liberado son a menudo personas a las que les ha supuesto un gran sacrificio hacerlo.

Por ello, creo que todas estas personas deben ser tratadas con muchísimo mimo, sentirse apoyadas y respetadas, escuchadas y valoradas por lo que hacen a diario, en definitiva, por su compromiso. Aquellos partidos que no aciertan con ello, que públicamente desacreditan a los de sus filas o los echan al pie de los caballos, tarde o temprano lo acaban pagando. Este año preelectoral debería servir, además de para seducir a nuevas candidatas, para mimar mucho a todas las personas que lo han dado todo en estos últimos tres, siete o más años y que se irán, y a las que se animarán a seguir para que sigan con fuerza e ilusión tras mayo de 2027 por otros cuatro años más. Porque eso, aparte de humanizar a las personas que conforman un proyecto político, renueva emociones y no hay nada mejor que renovar esas emociones para que los carteles, independientemente de sus colores y tipografías, sean los ganadores.