MAY. 11 2026 KOLABORAZIOA «Aurpegi ikustea» José Félix AZURMENDI Periodista {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} Asistí a la presentación en sociedad de un joven y desconocido valor en el salón de actos del Centro Vasco de El Paraíso de Caracas a finales de 1977. Se trataba de un navarro de nombre Carlos y apellido Garaikoetxea. Venía de la mano de Juan de Ajuriaguerra y los acompañaba un jovencísimo Iñaki Anasagasti, que conocía bien el escenario. Se sentaron al fondo y a la izquierda, delante de unos ventanales abiertos, que los jóvenes cerraron para proteger la delicada salud del que entonces me pareció un anciano, aunque «solo» tuviera 74 años. Intervino con brillantez «el novio», encandiló a una familia en la que no faltaban miembros escarmentados y recelosos de longa data con lo navarro. Independientemente de que el padrino se supiera obligado a visitar a una colectividad que había sido el sustento de las actividades jeltzales durante muchos años, su presencia allí obedecía también a que fuera él, el más duro, el más combativo, el más resistente, quien dejara patente su visto bueno al elegido a dirigir el partido, desde un desconocido pedigrí militante. Hubo allí preguntas y respuestas, y también manifestaciones, como la del patriota de Leioa Ricardo Libano, que con voz trémula a causa de su enfermedad y la tensión del momento vino a decir algo así como que estaba oyendo hablar y hablar de política española y poco de la vasca, y que él, como su padre, se sentía solo vasco y no quería componendas españolas. Juanito −era pequeño−, Aspe de nombre de guerra, Ajuriaguerra, que había callado hasta entonces, pareció despertar de su aparente letargo y lanzó un sonoro “Gora Euzkadi askatuta!”, que fue contestado por la mayoría con un tranquilizador “Gora!”. Ajuriaguerra era un recién elegido diputado a Cortes españolas, y Garaikoetxea, recientemente designado presidente del EBB del PNV. Se habían celebrado elecciones generales españolas unos meses antes; Francisco Letamendia, que nos ha dejado en estos días, había sido elegido diputado bajo las siglas Euskadiko Ezkerra, que sustentaban EIA y EMK y patrocinaba ETA pm, al tiempo que el sector de la izquierda abertzale liderado por ETA militar propugnaba la abstención activa en unas consultas y un camino que consideraba tramposos. Nadie podía imaginar entonces cuánto influirían en adelante las estrategias que se echaban a andar y qué papel protagónico le correspondería al «prometido» que se estaba presentando (aurpegi ikustea) a la histórica familia vasca de Venezuela y que ha sido despedido ahora con honores y reconocimientos de (casi) todas las ramas de la familia. De nada sirve ahora decir que las cosas de Casa se hubieran podido arreglar de otra manera, recordar que se estaba viviendo entonces un tiempo irrepetible para que las dos grandes ramas del abertzalismo -siempre y en todas partes hay por lo menos dos ramas fundamentales− hubieran acordado una defensa compartida de intereses comunes. Pero no es solo que no pudieran acordar un camino, sino que se pusieron las bases para una confrontación largamente dolorosa -también eso sucede en muchas familias− que solo ahora parecería estar en parte revisada, si lo escuchado con ocasión del fallecimiento del lehendakari Garaikoetxea hubiera sido algo más que unas respetuosas palabras en atención al que se ha ido. Se trataba de un navarro de nombre Carlos y apellido Garaikoetxea