GARA Euskal Herriko egunkaria
GAURKOA

Capitalismo es esclavitud


El excelente reportaje del portal Quinto Elemento Lab, titulado “Esclavos en la Sierra Tarahumara”, en el norte de México, devela las zonas oscuras del capitalismo realmente existente. La investigación pone al descubierto cómo las personas secuestradas, muchas dadas como desaparecidas, son esclavizadas por el crimen organizado para que trabajen cultivando, empacando y transportando drogas para los carteles. El reportaje se centra en los veintiún sobrevivientes liberados en 2019.

En México hay 134.000 desaparecidos registrados, cifra que podría aumentar si se contabilizaran los casos no denunciados. Es imposible saber cuántos de ellos sufren esclavitud, pero es presumible que una cantidad importante esté sufriendo esa situación. Lo más importante, empero, son los modos y los objetivos de los secuestros. Comentando los relatos de quienes consiguieron escapar, los autores escriben: «La situación que describió parecía una escena de explotación de indígenas en las haciendas de América Latina hace más de dos siglos; una de esas imágenes que la cultura popular nos ha legado sobre la esclavitud, pero en el presente, sin cadenas, con la brutalidad y las armas del narco mexicano».

A los esclavos les daban muy poca comida, los obligaban a drogarse para trabajar mejor y, «si no trabajaban como ellos querían, los golpeaban con varas de encino, los amarraban a los árboles durante días o los dejaban sin comida». En ocasiones, «los vigilantes les ordenaban que se violaran entre ellos como castigo». Los asesinatos sucedían con mucha frecuencia: a golpes, ahogados en el río, y de las más diversas formas. El primer escapado relata que conoció seis campamentos de esclavos en lugares recónditos de la Sierra Tarahumara, donde debían cultivar amapola y marihuana.

De este trabajo se desprenden muchas líneas de investigación y de reflexión sobre el mundo en que vivimos, que en los medios y en las comunicaciones no aparecen habitualmente reflejadas.

La primera que me parece necesario destacar es que la vida ha perdido todo valor. Muchas personas secuestradas son asesinadas sin pudor si no cumplen las órdenes de sus captores, si se resisten o si no trabajan con la suficiente destreza e intensidad. Las víctimas registradas en el reportaje eran jóvenes y pobres, de los sectores populares, indígenas y migrantes centroamericanos que buscaban trabajos informales para sobrevivir. En muchos casos, fueron engañados ofreciéndoles empleos.

Llama la atención la facilidad con que los convierten en personas descartables, lo que indica que el crimen organizado siente que no tiene límites con sus esclavos. Digamos que toda la población puede entrar en esa categoría, porque también había mujeres, aunque en mucha menor medida. Uno de los testimonios señala que vio a gente perder la cabeza por los golpes, mientras otros terminaban sumergidos en el arroyo con las manos esposadas.

La segunda es que estamos ante prácticas capitalistas en estado puro, sin máscaras. Los cárteles ponen en marcha «un modelo productivo pensado para reducir al máximo los costos», lo que revela una racionalidad económica típicamente capitalista. En un campo de amapolas, por ejemplo, el trabajo consiste en rayar las plantas para extraer goma de opio, estrictamente vigilados. El objetivo era mantenerlos siempre trabajando, «hasta que no sirvieran», como explicó otro de los rescatados.

Todos los testimonios de los sobrevivientes hablan del hambre, de la comida mezquina que les daban y de los golpes que eran el primer método de disciplinamiento. En suma, «una vida marcada principalmente por el miedo y por el hambre, que se completaba con miserias cotidianas», como las humillaciones que sufrían. No les daban ropa y vivían en harapos.

En tercer lugar, aparece la complicidad del Estado. Las denuncias languidecen en los juzgados, mientras las que realizan los medios sobre la esclavización de personas son desmentidas o tratadas con indiferencia. «Desde los años 70, cuando México se convirtió en productor a gran escala de amapola y marihuana, se sabe de la existencia de campamentos que albergan a jornaleros, la mano de obra agrícola del narco», señala el reportaje.

Para mediados de 2019, cuando se libera el primer contingente de esclavos, hacía doce años que los reportes de desapariciones en el estado de Chihuahua venían subiendo año tras año de forma casi continua. En ese lapso se reportaron 2.841 personas desaparecidas o no localizadas, de acuerdo con los datos públicos del registro nacional.

Uno de los entrevistados, y esto es de suma importancia, asegura que el operativo que permitió el rescate de veintiún hombres, difundido a nivel nacional, podía haber sido arreglado. «Él creía que sus captores habían permitido que las autoridades liberaran a unas pocas personas porque ya no era tiempo de cosecha».

Por último, es necesario recordar que vivimos en la era del genocidio del pueblo palestino. Los sobrevivientes rescatados en México «quedaron marcados por la paranoia y el miedo, presos de las adicciones o trastornados mentalmente; algunos fueron abandonados por sus parejas y familias. Otros murieron a los pocos años de haber sido rescatados. Los grupos criminales aceleraron un proceso de marginación y abandono que ya había empezado el Estado», porque sus vidas ya eran muy duras antes de caer en manos del narco.

Aún no estamos evaluando las consecuencias mentales y corporales del genocidio en el conjunto de la población de Gaza, pero seguramente nos sorprenderemos cuando sea posible entrarle a este tremendo tema.

Una última consideración: el crimen organizado no puede existir sin el apoyo o la neutralidad del Estado, sin complicidades en los aparatos armados, en el sistema judicial y entre las autoridades locales. El crimen organizado nos muestra lo que no queremos ver del capitalismo.