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Pertur y la barbarie


El informe sobre el secuestro de Pertur hecho público recientemente por el Observatorio Vasco de Derechos Humanos ha sido trasladado a la opinión pública como era previsible. Se han hecho eco de él con amplitud los que era esperable que así lo hicieran; lo han minimizado o ignorado los que era esperable también que así lo hicieran. Y no faltan los que, sin necesidad de leerlo, lo han descalificado. El caso Pertur es un tema caliente en el relato del conflicto vasco, un tema que se ha ido acomodando a los tiempos, aunque no se aportaran elementos nuevos. Me ha parecido ver en el informe, a falta de datos nuevos concluyentes, un relato de hechos y una argumentación seria que se echaba en falta en las versiones oficializadas, un relato que alimenta conclusiones fiables a quien esté abierto a considerarlas. Porque sobre este asunto no veo que se contemplen dos hipótesis de trabajo, sino dos predisposiciones a quedarse con una versión o con otra.

Personalmente me quedo y me basta con la versión familiar de la que me hice eco en un libro sobre las relaciones de ETA y el PNV. Alberto Elosegui, exiliado donostiarra, dirigente de EGI en el Exterior, alma mater de Radio Euzkadi en Venezuela e intermediario del MI6 con Manuel Irujo, lo contó así: «mi primo Álvaro, padre de Eduardo, dice estar seguro de que se lo han cargado los de la policía paralela». Explicaba que el joven había recibido una llamada telefónica que le hizo salir de su casa en dirección a Biriatou y, puesto que nunca iba solo, debió ser alguien que conocía: «posiblemente era de la organización, tal vez una infiltrada». Elosegui e Irujo comentaron entonces que esto se veía venir «desde que se exilió y sucedió a Mújica Arregui en la dirección de ETA V»: «era demasiado jugar con fuego y demasiadas eran también las rivalidades entre los propios líderes de la organización, para que quien se hallara en el centro de ellas saliera indemne». Manuel Irujo concluía entonces: «caso difícil, dada la modalidad personal de Pertur, la idiosincrasia de la organización a la que pertenecía, las funciones que le estaban encomendadas, y la barbarie de las bandas de policía paralela».

Me quedo con esta versión por la cercanía de la fuente a la familia, por el perfil profesional de sus protagonistas, porque está hecha en el momento y por actores desinteresados, que es lo que se echa en falta en la mayor parte de las que se han venido sucediendo luego a lo largo de 50 años. Esta explicación, por otra parte, se compadece bien con la que, a mi juicio, es la conclusión más importante del informe del Observatorio Vasco de Derechos Humanos: «En cualquier caso, este informe nos lleva a una conclusión inequívoca: Eduardo Moreno Bergaretxe fue entregado a sus captores por un colaborador de los servicios secretos españoles ubicado en su entorno político». También me parece procedente la explicación del Observatorio que recuerda que fue a finales de 1977 cuando la versión de los hechos empezó a ser cuestionada por los militantes alineados con la VII Asamblea de ETApm. «Los prejuicios de unos hacia los otros, el enfrentamiento abierto entre refugiados y, más tarde, entre los propios presos en la cárcel de Soria (1979), fueron el germen de una animadversión política visceral que trastocó la viabilidad de la investigación sobre el secuestro de Pertur y reforzaron las suspicacias y sospechas mutuas».

Hay un aspecto en el «caso» Pertur que explica en buena medida su relato. Tiene que ver con la escisión mili-polimili, mal explicada, cuando no tergiversada, como si fuera que unos eran más salvajes y asilvestrados que los otros, más políticos unos, más militaristas los otros. Lejos de que a Pertur lo hicieran desaparecer porque abogaba por el abandono de la lucha armada, que no es cierto y hay documentos que lo atestiguan, se podría sostener que lo fue porque abogaba por una lucha armada al servicio de un ambicioso proyecto político revolucionario, alianzas internacionales mediante -la guerra fría seguía caliente−, lo que sus seguidores más leales lo intentarían hasta su disolución. En el momento de su desaparición, los milis eran menos, más débiles y menos ambiciosos, más realistas tal vez, con un planteamiento que parecía tomar en consideración que la lucha estrictamente política debía ser cosa de «civiles», mientras ellos se constituían en garantía de que no se produjeran desviaciones, revisionismos, claudicaciones. Luego, años después, los seguidores más fieles de Pertur y Wilson abandonaron la lucha armada, y los de Txomin, Argala y Peixoto persistieron por décadas, no sin contradicciones con los planteamientos fundacionales.

Las escisiones políticas dejan heridas de difícil curación y no se explican solo ni sobre todo por motivos ideológicos. Cuando se dan en la juventud y en un grupo tan radicalizado como el que componían los cuadros de ETA, jóvenes dispuestos a dar y quitar vidas al servicio de una causa, su rastro se alarga hasta hoy, aunque no se exprese siempre de manera tan belicosa como la del compañero de Pertur que sostenía, no hace tanto, que los milis eran el basurero de los polimilis. También las anteriores escisiones de ETA dejaron heridas sectarias entre excompañeros y entornos, pero ninguna como la de milis y polimilis, la que en principio pareció ser aceptada por sus protagonistas como una ruptura menos ideológica que las anteriores. No sería ello determinante en el secuestro de Eduardo Moreno Bergaretxe, pero sí al parecer a la hora de inclinarse hacia una u otra «hipótesis».