AUG. 21 2026 KOLABORAZIOA Sabino Ormazabal, el líder que no quiso ser Koldo ALDAI AGIRRETXE {{^data.noClicksRemaining}} To read this article sign up for free or subscribe Already registered or subscribed? Sign in SIGN UP TO READ {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} You have run out of clicks Subscribe {{/data.noClicksRemaining}} En vida nunca quiso «flores». Tarde, pero le acercamos algunas. Fue en balde. Hace algo más de dos años, le confesé en plena calle, de viva voz, lo mucho que para nosotros había representado, el supremo ejemplo que encarnó en nuestros tiempos de juventud. Él no quiso oír nada de eso, no se reconocía en los halagos. Yo debía seguir mi itinerario por el «bule» tragando las alabanzas, empujando el carrito de mi madre. ¿Cuánto le debe a Sabino el Donosti reciente, el de décadas de pujante esperanza? GAI (Gaztedi Abertzale Iraultzaleak), «Txustarra», Asamblea Ecologista, Comités antimilitaristas..., fueron escuelas de compromiso, campos de altruismo que brotaron de su mente idealista. Esas organizaciones, alejadas de cualquier resquicio de leninismo, tenían su sello humilde, discreto, entregado. Nos sumamos, con el entusiasmo propio del momento, a su apuesta libertaria al tiempo que responsable y organizada. Transitamos la noche con una compañía amable y cercana. Su liderazgo era silente, incontestado. Ganó, sin pretenderlo, nuestra plena confianza con su humildad, capacidad de trabajo y mirada visionaria. Con Sabino estábamos siempre «seguros», libres de toda veleidad personalista, interesada. Gozaba de un rango incuestionable, pero jamás ejerció autoridad. Durante mucho tiempo representó para nosotros el más auténtico y abnegado ejemplo. Cuando había que arriesgar era el primero. Jamás se arrogó ningún privilegio y se podía haber hecho con todos. Quien permanecía siempre empapado de noticias nunca quiso ser noticia, ocupar ningún titular. No logro visualizar para nuestra juventud alocada un mejor líder. Desquitados de la autoridad paterna, no hubiéramos encontrado mayor referente. Pasado ya el tiempo de la militancia plena, por muchos años, ya nadie nos podría hablar de liderazgo. Nosotros ya sabíamos cómo era este en su más excelsa expresión. A día de hoy, seguimos vacunados, gracias a Sabino, de cualquier impostura o sucedáneo. Después vino cierto disenso, pero este nunca lograría separarnos, pues ya estábamos físicamente lejos, sobre todo porque acumulábamos demasiada deuda para con él. Por lo demás, aún en un entorno ya algo distante, él siempre estuvo centrado en ganar para la paz y la reconciliación los corazones más duros. Pocos se entregaron tanto y tan silenciosa e inteligentemente por el fin de la violencia en Euskadi como él. Trabajador incansable y de labor soterrada, quiso enlazar las sensibilidades más alejadas, las órbitas más distantes. No le arredraban los aparentes imposibles. Sabino irradiaba humanidad, por eso podía tomarse el lujo de sugerirla, de apostar por ese valor cuando llegó a escasear tanto. Demostraba con su testimonio que no era preciso pensar lo mismo, participar de la misma ideología para comprendernos en nuestra esencia, en nuestra condición humana. Costaba entender su anclaje en antiguas batallas, pero quizás alguien debía permanecer de testigo de lo que intentamos ser, de la forma diferente de estar en el mundo que quisimos encarnar. No he llevado la cuenta de los numerosos libros, estudios y documentales en los que estuvo comprometido. Durante mucho tiempo le perdí la pista, pero un amigo común me acercó su último volumen, “Criticas, autocríticas gestos y puentes” (Ararteko, 2025). En él, Sabino repasa iniciativas en favor de la convivencia en el contexto de la violencia en Euskadi. Bien podría ser en realidad el testimonio resumen de su empeño. Toda su vida constituyó una apuesta de acercamiento de los unos y de los otros, puente que enlazaba las orillas, sobre todo que nos acercaba al horizonte más suspirado de la definitiva reconciliación. Muchas banderas de ayer ya se arriaron y hemos debido buscar otros líderes, pero el primero siempre será inolvidable. Era necesario que siguiéramos buscando, que tras la barricada fueramos en pos de una paz de otro mundo que comenzaba también a ser en este. Tuvimos que hacernos con referentes que apuntaran más lejos, más eterno, pero nada ha podido con todo lo que aprendimos con Sabino. Ha sido y será nuestro maestro en conciliación, coherencia y entrega. Sencillamente insustituible. A él, que ya no veremos en el «bule» departiendo con amigos, que ya no divisaremos a la cabeza de nuevas y absorbentes iniciativas solidarias, todo nuestro profundo agradecimiento. El barniz espiritual de nuestros artículos no saldría de su brocha, pero lo respetaba. El cielo, que él miraba solo de reojo, le acoja de buen grado, le abra las puertas de su gloria, pues no menos merecen aquéllos que pasan por la vida con la única divisa de la entrega entera y desinteresada al prójimo. Trabajador incansable y de labor soterrada, quiso enlazar las sensibilidades más alejadas, las órbitas más distantes. No le arredraban los aparentes imposibles