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Aceleración localizada


No hay fin de la historia, pero nuestra época parece acercarse a su fin. La brutal aceleración de la modernidad es un hecho indiscutible. Cada salto tecnológico altera radicalmente los fundamentos del orden social y político. Ha ocurrido otras veces. La era del vapor dinamitó definitivamente el antiguo régimen, la electricidad iluminó la revolución socialista, y el petróleo, afianzado por la amenaza atómica, marcó la hegemonía norteamericana. No obstante, el salto actual -la inteligencia artificial generativa-, alcanza una profundidad de escala antropológica. Lo que tenemos entre manos supera el debate sobre la pugna en torno al futuro liderazgo. Mande China o mande USA, la tecnología alumbra un nuevo mundo para todos.

¿Cómo enfrentar esta coyuntura civilizacional? ¿Frenar en seco y retroceder? ¿Moderar la velocidad o acelerar aún más? Si frenamos, ¿Hay lugar a donde volver? Y si aceleramos, ¿hacia dónde nos dirigimos?

El imperio quiere conservar su época, pero solo puede hacerlo si, al tiempo, la (re)crea, acelerándola. Desearía evitar su apocalipsis, pero quizás solo puede evitarlo si nos conduce a él. Ese es el sentido último de las (no tan) disparatadas declaraciones yanquis de soberanía sobre Ormuz o Groenlandia. Y tal contradicción conforma un espíritu del tiempo en el que la hipocresía se suma al cinismo. En el interior del «gran espacio» occidental la derecha construye una doble fantasía: cruzada reaccionaria ansiolítica y goce aspiracional anfetamínico. Es decir, abrazo hipócrita de la limpieza moral y, al tiempo, cinismo libidinal que lo sacrifica todo al interés individual más egoísta. Y al mismo tiempo, cara al exterior nos prepara ya para normalizar el genocidio generalizado, para no ver los rostros de los que ya hoy masacramos sin pestañear. Nos prepara para la guerra futura que se definirá además como autodefensa legítima.

Mientras tanto, atemorizada por el poder cada vez más irrestricto de las oligarquías tecnológicas, la izquierda recurre al Estado confiando en que el control público pueda garantizar una mínima decencia. Somos hoy fuerzas conservadoras.

Massimo Cacciari nos plantea preguntas pertinentes: ¿Es el poder del Estado, sea imperial o no, un freno o un acelerador de la historia? ¿Es la soberanía una potencia creadora o conservadora?

Ambas cosas. La excepción no respeta límites -acelera-, la norma debe respetarse -conserva-, pero tanto una como otra son manifestaciones de la soberanía estatal. Quien crea el caos, crea el orden. Y si en el caos sabemos quién medra -el más fuerte-, el orden puede servir tanto a la opresión como a la emancipación. La cuestión es determinar el alcance de aquellos ámbitos que se excepcionalizan y quedan fuera de todo control democrático, y aquellos que deben estar sujetos a una regulación en beneficio del interés general.

Mientras las derechas están instaladas hoy en la permanente excepción, cuando no la ocurrencia, y su único orden es el del Estado-policía, las escasas izquierdas gobernantes tratan de limitar la excepción y promueven un orden más garantista de las libertades. Sin embargo, la situación de empate técnico que estamos viendo en tantos procesos electorales es solo aparente. La excepción caótica derivada de la aceleración y el orden autoritario establecido a su servicio se refuerzan sin cesar. En parte, porque el pensamiento crítico solo atempera, solo modera esa aceleración.

Cada vez cuesta más avanzar en derechos, cada vez les cuesta menos acabar con ellos. Nunca han sido irreversibles las vueltas de tuerca en el proceso de emancipación, pero en la actual tesitura, con todos los medios de creación y manipulación masiva de la opinión en manos de las oligarquías, ni siquiera el poder de los muchos manifestado en las urnas garantiza la autodefensa popular.

Los estados constituidos de hoy, o bien serán instrumentos para la aceleración apocalíptica que posiblemente nos lleve a la guerra o bien, cuando las mayorías progresistas lo permitan, se limitarán a poner paños calientes a esa deriva. El giro civilizatorio necesario en esta revolución tecnológica nos debería llevar a reconceptualizar la naturaleza y función de las estructuras de Estado.

Las fuerzas de izquierda deberíamos aspirar a algo más que frenar o moderar este aceleracionismo apocalíptico. Quizás debamos luchar por ir haciendo (otra) época. Una época alternativa a la actual en la que nos reconozcamos en la demanda ética que nos plantea el rostro del otro, de cualquier otro. Una nueva época que supere los factores constituyentes de la actual, que solo (re)construye destruyendo.

A lo mejor debemos acelerar, sí, pero como defiende Yuk Hui, con un propósito, si se quiere, mesiánico: redirigir el sentido de la civilización.

Es prioritario «localizar» las tecnologías emergentes, no permitir que se centralice en nodos que se escapan a nuestro control. Si la IA como tendencia tecnológica es universal e imparable, se debe fijar en los territorios como hecho tecnológico localizado, de forma que el pensamiento generado esté al servicio de nuestras necesidades comunitarias. Ya lo hicimos con la cultura del hierro. Sin embargo, dadas las características de la tecnología generativa basada en datos, será necesario federalizar las localizaciones, poner en resonancia los fragmentos territoriales soberanos, evitando la autarquía amurallada. La revolución tecnológica puede ser una oportunidad para recuperar una visión confederal del mundo en todas las escalas.

En fin, unas estructuras estatales y un ejercicio de la soberanía -excepción y norma-, al servicio de las libertades comunales, del conocimiento localizado y de la tecnología descentralizada. Y para lograrlo será imprescindible una fuerte organización colectiva que, en colaboración con las instituciones políticas más cercanas, posibilite que sean las comunidades las que cabalguen este caballo tecnológico, antes de que se desboque absolutamente.

Por eso, la posición defensiva ante la disrupción tecnológica no será suficiente. Seguramente nos toca acelerar, pero no al modo homicida y suicida del imperio, sino en la buena dirección, nada apocalíptica. Solo humana.