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Amarillos


El color amarillo. Pero no el de los campos de trigo que pintaba Van Gogh, ni el del sol colándose por la rendija de la persiana un domingo por la mañana. Hablo de ese amarillo plastificado de los fluorescentes que parpadean en los pasillos subterráneos de la burocracia. Un tono desvaído, enfermo, que se te mete por debajo del abrigo y se te instala en el esternón. Casi como los personajes que van perdiendo su color original a base de madrugones, renuncias y rutinas de hoja de cálculo, hasta quedarse convertidos en monigotes de un ocre mortecino.

Nos estamos volviendo amarillos; es la pérdida absoluta de la ilusión. Una carpa de cansancio crónico que ha descendido sobre nuestro pedazo de tierra. Hemos diseñado una sociedad feroz donde el mayor de los terrores no es la enfermedad ni la pobreza, sino la intrascendencia. Nos han inoculado la psicosis de que, en esta vida, o eres alguien, o no eres nada. O eres el CEO, el emprendedor disruptivo, el nómada digital que factura desde un velero, la mente creativa que cambia el paradigma, o eres un fracaso que no merece ni salir en la foto.

Nos hemos convencido de que la normalidad es una tragedia. Y mientras tanto, ya nadie quiere dedicarse a lo fundamental.

¿Quién quiere ser hoy el que aprieta la tuerca, la que limpia el pescado a las cinco de la mañana, el que arregla el ascensor, la que cambia las cuñas en el hospital o el que desatasca las cañerías?

Silencio.

Estudia. Aprueba. Saca nota. Haz una carrera. No, una carrera ya no basta. Haz un máster. Aprende inglés. No ese inglés, uno certificado. Haz prácticas. Trabaja gratis para adquirir experiencia. Especialízate. Recíclate. Diferénciate. Haz otro máster. Un doble máster, si puedes. Un posgrado. Un curso de liderazgo. Inteligencia Artificial. Excel avanzado. Marca personal. Networking. Y corre. Corre porque detrás viene otro con exactamente los mismos títulos que tú y probablemente con un nivel C2 de alemán.

Todos queremos destacar en una sociedad que, por definición, necesita que la mayoría no destaque. Todos queremos dirigir, pero nadie quiere obedecer. Todos queremos emprender, pero alguien tendrá que levantar la persiana a las siete de la mañana. Todos queremos diseñar la estrategia de la empresa, pero alguien tendrá que descargar el camión. Todos queremos vivir experiencias gastronómicas, pero nadie quiere quedarse hasta las dos de la madrugada limpiando la plancha. Todos queremos ciudades con pequeños comercios, mercados de barrio, bares antiguos, librerías independientes y talleres donde el dueño todavía sabe cómo te llamas. Pero queremos que los lleven otros.

Que otro cuide a nuestros mayores. Que otro conduzca el autobús de madrugada. Que otro limpie la habitación del hotel. Que otro barra las calles después de nuestras fiestas. Que otro hornee el pan antes de que nosotros despertemos. Que otro arregle la carretera por la que conducimos.

¿Pero quiénes son esos otros? Porque nosotros no queremos.

Nos encanta la pequeña vermutería de toda la vida. Nos emociona descubrir que todavía conserva el mostrador de aluminio, las servilletas diminutas, las botellas colocadas en aquella estantería que probablemente estaba allí cuando nuestros padres tenían 20 años. Entramos y decimos que lugares así no deberían desaparecer nunca. Sacamos una fotografía. La subimos a redes sociales.

Pero cuando el camarero nos dice que lleva 40 años detrás de aquella barra y que ninguno de sus hijos quiere continuar, asentimos con tristeza. Qué pena. Y seguimos bebiendo. Porque nosotros tampoco querríamos hacerlo.

Nos da nostalgia que desaparezca la tienda de ultramarinos, pero compramos desde el sofá. Nos indigna que cierren las librerías, pero el libro llega mañana si pulsamos un botón.

Y no es hipocresía individual, o al menos no solamente. Es que hemos construido un sistema donde intentar vivir según nuestros propios principios se ha convertido en una actividad agotadora.

Se nos ha agotado lo suficiente como para que incluso nuestra rebeldía tenga que ser cómoda. Y mientras tanto seguimos educando a los que vienen detrás bajo la misma amenaza. Ser alguien. Como si antes del título universitario una fuese una especie de borrador humano.

Hemos confundido formación con jerarquía moral.

Y después nos sorprende que nadie quiera los trabajos que nosotros mismos llevamos décadas utilizando como amenaza.

«Estudia o acabarás ahí». Ahí. ¿Dónde está ahí? Ahí está el taller. Ahí está el campo. Ahí está la obra. Ahí está la cocina. Ahí está la residencia. Ahí está el almacén.

Ahí está precisamente el lugar donde alguien tendrá que estar para que nosotros podamos continuar viviendo como vivimos.

Durante años hemos señalado determinados oficios como el sótano social y ahora nos llevamos las manos a la cabeza porque nadie quiere bajar las escaleras. Hasta convertir el título universitario en una especie de permiso de circulación social que ya ni siquiera garantiza llegar a ninguna parte.

Abres el teléfono cinco minutos y descubres que alguien de veinticinco años ha fundado tres empresas, corre maratones, medita al amanecer y acaba de comprarse una casa en Bali.

Tú has conseguido poner una lavadora. Ese es el veneno. No que nuestras vidas sean peores. Que hemos aprendido a considerarlas insuficientes. Quizá por eso nos estamos volviendo amarillos.

¿Quién dibujó esa pirámide en la que todos queremos ocupar la punta mientras despreciamos silenciosamente a quienes sostienen la base?

Porque llegará un momento en que tendremos que elegir.

Y quizá entonces, sentados bajo la luz amarilla de alguna oficina perfectamente climatizada, rodeados de todas aquellas cosas que supuestamente demostraban que habíamos llegado, nos asalte que mientras estábamos tan ocupados intentando ser alguien, se nos olvidó ser.