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¿A quién llora Brasil?


Brasil es un velorio. Brasil llora y se duele. Pero no sé si Brasil sabe a quién llora. Su fútbol hace mucho tiempo que no entrega muestras rescatables de buen juego -por favor, no confundamos buen juego con lo que conocemos como jogo bonito- y la paliza alemana es la consecuencia de muchos años de trabajo equivocado.

Todo comenzó cuando algunos adoptaron ideas malas, muy malas, como que al fútbol se juega a partir de la fuerza, los centímetros y los kilómetros recorridos. ¡No y mil veces no! Al fútbol se juega a partir del talento de cada jugador, este puesto al servicio de ese organismo conocido como equipo. ¿Saltar más alto o correr más rápido son baremos para medir la importancia del futbolista? No, lo importante no son esas estadísticas frías, sino cómo el jugador de fútbol puede utilizar esos talentos dentro del juego. Pero es el juego el que determina la utilidad del futbolista, no las mediciones que han introducido los sponsors del espectáculo.

Laureano Ruiz, uno de los padres de la filosofía Barça, le contaba a Martí Perarnau que cuando llegó al equipo catalán había un cartel en la secretaría técnica que decía «Si vienes a ofrecerme un juvenil que mida menos de 1,80 m, dáte la vuelta». En el fútbol brasileño puede que no exista semejante instrucción en la puerta de un club. Pero los entrenadores sí que lo piensan. Claro que aún sobrevive un grupo que prefiere evaluar el talento antes que los datos que proporciona la hoja de vida de un paciente o la hoja de servicio de un auto.

A ellos es a quienes hay que escuchar para regresar a la normalidad y desechar tanta idiotez. Altura, potencia, fuerza, resistencia... Todo ello se puede y se debe trabajar, pero antes hay que dejar que el futbolista muestre su talento, para que tanto trabajo no termine por opacar sus virtudes.