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Udate

Fría


Una sopa fría se puede beber sin solución de continuidad, sorber con pajita o tomar con cuchara. Refresca y hasta puede dar frío si se excede la refrigeración. Como alguna visualización de la venganza. Como el frío seco que se pasa en algunas salas de exhibición de espectáculos en vivo. Como algunas miradas matadoras que dejan el corazón helado. Cuando pasamos calor añoramos el frío. Nuestro entorno está exuberante pero las golondrinas empiezan a siluetearse. Las plazas en fiestas parecen corrales con cómicos de la legua motorizados. Suenan las charangas, las gaitas, las comparsas y al anochecer las orquestas que traen melancolía o ruido. O una sopa fría con ambos ingredientes emulsionados por la barra libre.

Los cuerpos se mueven enlatados, van de un lugar a otro para contribuir el calentamiento global del planeta en una búsqueda impropia unipersonal de un refresco, de un idilio abrasador o de un lugar abierto hasta el amanecer donde se acaba siempre en un cántico popular que enfríe las expectativas. Vamos más sueltos, pero más comunicados; más ligeros, pero más atados. Sin cobertura no existimos. Sin una foto colgada en las redes no existimos. No confiamos en nuestro propio relato oral, debemos buscar una certificación externa. Y lo llamamos evolución. Hasta hay exagerados que lo llaman cultura.

Los pueblos cantan y bailan, celebran las cosechas, los cambios de estación, desde que algunas colonias de homínidos decidieron asentar sus crías y acotar un territorio fértil. En todas las culturas. En toda cultura existe un tiempo para la fiesta. Otra cosa es confundir fiesta y consumo. Entonces penetra la fría duda razonable que enturbia el ánimo.