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IKUSMIRA

La ikurriña tuvo su mejor homenaje en Oteitza


No me considero un periodista objetivo. Siempre he creído que el principal valor de esta profesión es la sinceridad y no eso de «no me mojo porque no puedo». Y si he de decir la verdad, a mí la ikurriña me gusta más en Nafarroa que en la CAV o en Iparralde. Ciertamente me ganaré algún enemigo antes de que acabe esta confesión -y seguramente la mayoría será gente maja, forofos del escudo navarro-, pero qué se le va a hacer.

A ver si se me entiende, yo vengo de un pueblo pequeño, de ese sur de Nafarroa que no es vascófono porque a UPN y al PSN no les dio la gana. Entiendo que para alaveses, vizcainos y gipuzcoanos la ikurriña sea un símbolo nacional, que representa a Euskal Herria, un pueblo llamado a ser libre. Ese, al menos, es su significado principal, que entiendo, respeto, comparto y -¡qué demonios!- envidio, aunque solo en parte.

Para mí, el significado principal de la ikurriña es que siempre ha estado proscrita. Y hoy también. Es una bandera que va contra el sistema y cuya exhibición supone en sí misma un acto de rebeldía. Es una afirmación de la identidad ya no solo de un pueblo, sino también personal. Es decir, acepto la ikurriña como mi bandera porque supone rebelarme contra lo que hay y, además, porque me da la gana. Así la entiendo, porque así he vivido el símbolo desde que era muete. Desde este punto de vista, siento más la ikurriña como lo hacen los «arrantzales barbudos» que como nacionalista convencido.

Vengo de un pueblo pequeño como Oteitza, donde ayer se pintó en auzolan una ikurriña con el escudo navarro en el centro, porque el alcalde se niega a que esté en el balcón. Y como en ese pueblo tienen rebeldía de sobra, sacaron otra lo más grande que pudieron (14x16 metros) para llenar la plaza y decir: ¡aquí estamos! Y esas acciones inconformistas son, precisamente, las que dotan de significado a la ikurriña. Porque no es solo una bandera nacional. Por eso ayer me seguí sintiendo vasco, pero sobre todo, de Oteitza.