JAN. 03 2015 DESDE LIBIA Libia, entre el «musgo» y el fuego Samir Tabit respira ya aliviado. Después de varias intentonas fallidas, este antiguo disidente libio ha conseguido borrar su nombre definitivamente de una antigua lista de «búsqueda y captura» del aparato de seguridad de Gadafi. Karlos ZURUTUZA Trípoli «Viajo a Túnez por trabajo a menudo, pero cada vez que llegaba a la frontera aparecía una orden de arresto inmediato en el sistema informático. Me he pasado horas, días de mi vida explicando a los funcionarios que eso databa de tiempos de Gadafi, que no soy ningún criminal», explica Tabit, hoy comerciante en el sector del azulejo. «A menudo me decían que el trámite ya estaba hecho, pero me volvía a encontrar con lo mismo en la frontera», añade el tripolitano, que volvió ayer de Túnez sin contratiempo alguno por primera vez. La demora en la actualización de la base de datos, dice, «se debe a que muchos de los funcionarios en las oficinas del Ministerio en Trípoli son tahalib (musgo, en lengua árabe)». Ese es el término utilizado para referirse a los seguidores de Muamar al-Gadafi en referencia a su «libro verde» así como al color de la bandera del país durante sus cuatro décadas de mandato. Más de tres años después del linchamiento del controvertido coronel, Libia vive inmersa en una guerra civil entre dos gobiernos con sendos parlamentos: uno en Trípoli y otro en la ciudad de Tobruk, a 1.200 kilómetros de la capital. Este último cuenta con el reconocimiento internacional, tras ser elegido en unos comicios celebrados el 25 de junio, pero que solo contaron con el 10% de participación. Al de Tobruk, que se dice «liberal», se le presupone la mayor cantidad de «musgo», ya que engloba a las tribus Warshafana, Gadafa, Warfala y Awad Suleyman, todas leales a Gadafi. Tiene el apoyo de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Francia. Los antiguos «gadafistas» cierran filas junto a Zintan, una de las tribus principales entre los amotinados en 2011. Son alianzas que se antojaban imposibles hasta ayer mismo, pero una cosa hoy está clara: si Libia vuelve a ser «verde», esta vez será gracias al apoyo del Elíseo y a los príncipes wahabitas. Que se lo pregunten a los congregados cada viernes en la céntrica plaza de los Mártires de la capital. Se trata de una protesta organizada por Amanecer en Libia, la alianza paramilitar que cierra filas en torno al Gobierno de Trípoli, liderada por Misrata. «Somos los guardianes de la revolución. Queremos respeto, y no injerencias de Francia, ni de Occidente, ni de Arabia Saudí», espeta un mulá desde un escenario levantado junto a las murallas del castillo rojo. El sacerdote no menciona ni a Turquía ni a Qatar, principales aliados de Trípoli. «Alá es el más grande», responde al unísono un público entregado. «Alá es el más grande; Alá es el más grande». «¿Es eso lo que quieren? ¿Una Libia gobernada por los gadafistas y los apóstatas? ¿Para eso hemos derramado la sangre de nuestros mártires?», continúa el sacerdote. En su flanco derecho, una caricatura del Jalifa Haftar, el general que dirige «Operación Dignidad», la alianza militar de Tobruk; en el izquierdo, un mensaje directo a Bernardino Léon, enviado especial de la ONU para Libia: «León, no eres bienvenido en Libia». El diplomático malagueño fue declarado persona non grata en noviembre tras ser acusado de «parcialidad» en televisión por Omar al Hasi, el primer ministro del Ejecutivo de Trípoli. «¿Por qué se empeñan ustedes, los periodistas occidentales, en dar una visión tan sesgada del conflicto?», pregunta a este reportero Ali Abud, uno de los congregados. «Somos libios, el islam es como nuestra piel. ¿Acaso puede usted arrancarse su propia piel?», subraya. Comandantes de milicia y líderes religiosos o tribales se suceden en el estrado mientras los vendedores ambulantes de palomitas y garrapiñadas hacen su agosto entre la multitud. También hay tiempo para la solidaridad; basta con una aportación a la colecta de Amanecer en Libia para las víctimas de los últimos bombardeos. Tarik Hazairi, uno de los voluntarios, enumera lo recogido hasta la fecha: «20.500 dinares libios (unos 11.000 euros), 113 balas de Kalashnikov, 38 tarjetas de teléfono, 18 sacos de dormir y dos botiquines. Rezo y ocio La última llamada al rezo del día pone fin a discursos y soflamas. Los manifestantes dan ahora la espalda al escenario, ya vacío, para rezar juntos hacia la Meca. Al caer la noche, la polivalente plaza de los Mártires, que ya ha sido escenario de un acto político y otro religioso, se transforma en un céntrico campo de pruebas para motoristas que realizan cabriolas imposibles. Una gran parte del público se resiste a marcharse, y a renunciar a palomitas y garrapiñadas. El otro gran negocio es el de los petardos y los fuegos artificiales. Hafiz los vende bajo los arcos de la avenida Omar Mojtar. Le va bien: «La gente se gasta muchísimo dinero, hasta el punto de pagar 100 dólares por un 106», destaca el comerciante. «Se le llama así porque su estallido recuerda al de un proyectil anti-tanque de 106 milímetros de calibre», matiza, sonriente. En Trípoli no resulta fácil distinguir entre el fuego de artificio y el real. Cada noche, el estruendo de la pirotecnia sobre el cielo de la capital se confunde con el de las milicias dirimiendo sus diferencias a tiros en las calles. Están demasiado acostumbrados al retumbar de sus tabiques y solo se asoman a las ventanas cuando sienten que un «bouum» ha sonado demasiado cerca. Con suerte verán una pequeña nube de humo negro suspendida en el aire. No era más que un «106» de 100 dólares.