GARA Euskal Herriko egunkaria
Templos cinéfilos | Berlinale

¿Quién quiere a Coixet?


Y sí, la nieve nos esperaba. En el primer día de la 65ª edición del Festival de Cine de Berlín, el frío se ceba con los asistentes y el sol se convierte, de repente, en el mejor amigo imaginable. Se repite la misma plegaria: Que siga habiendo luz cuando salgamos de la sala. Está claro: «Nadie quiere la noche». Pues en el norte de Canadá, allá por el año 1908, más o menos lo mismo.

La Berlinale arranca con la última película de Isabel Coixet, y con una recepción por parte de la crítica tan o más glacial que los parajes en los que ahora nos sumerge la directora catalana. La acción nos presenta a Josephine Peary, gran mujer detrás de un gran hombre ausente. Sobre el papel, el filme conjuga las inquietudes intimistas marca de la casa con una aventura de supervivencia de corte clásico. A la hora de la verdad, todo esto se acerca peligrosamente a la caricatura.

El hombre, o para ser más exactos, la mujer (más o menos civilizada) contra el enemigo más poderoso, una naturaleza terrible materializada en la oscuridad y, claro, el frío de una noche polar que nunca acaba. Ahí mismo se queda Coixet: en terra incognita. En la congelada soledad de un cine que, de tanto buscar la filigrana sentimental, acaba condenado a la más embarazosa de las autoparodias.

Juliette Binoche (ridículamente insoportable en su perfecta omnipresencia) espera junto a Rinko Kikuchi (la mejor de la película, a pesar de ser un imperdonable error de casting) a que aparezca el hombre de su vida. La tosca e inconsistente construcción de personajes, preludio de la más engorrosa imposibilidad empática, da paso a una epopeya melodramática que, siendo generosos, se queda en intento fallido. Coixet no acierta en ninguna decisión. Ni con el montaje, descompasado con la narración, ni con el acercamiento a sus heroínas, ni mucho menos con la calibración de un pulso dramático que demasiado a menudo cae en la comicidad involuntaria. Al final de la proyección, el frío del silencio; el ardor de algún insulto irreprimible... y el miedo a que nadie quiera a Isabel.