MAR. 11 2015 CRíTICA: «En tercera persona» Paul Haggis incursiona en el cine de autor europeo Mikel INSAUSTI La carrera de Paul Haggis va tomando una preocupante curva descendente, como si el guionista y realizador canadiense se sintiera agotado o con síntomas de desorientación. La que ha sufrido en el rodaje europeo de «En tercera persona», filmada enteramente en el viejo continente, hasta el punto de que los interiores neoyorquinos fueron recreados en decorados de Cinecittà, mientras que los exteriores corresponden a Roma y a París. Y eso que dicha europeización ha seguido una evolución lógica dentro de su carrera, ya que su anterior realización fue «Los próximos tres días», el remake anglosajón de la francófona «Pour elle» de Fred Cavayé. El cineasta canadiense tal vez no se haya equivocado tanto en su intento por emular a los maestros Antonioni o Bergman para hablar de las relaciones personales, como en su empeño en volver sobre el esquema narrativo de historias entrecruzadas que le diera fama diez años atrás con la oscarizada «Crash». En su defensa hay que aclarar que no fue una idea suya, sino una propuesta de la actriz israelí Moran Atias, protagonista del episodio italiano. Claro que Haggis pilló el encargo por el lado autobiográfico y, al verse recién salido de un divorcio, no puede evitar hablar de falta de entendimiento íntimo en todas partes, es decir, a nivel global y de la interculturalidad. También le toca la fibra el asunto espiritual, una vez que ha conseguido salir de la Iglesia de la Cienciología, que sigue siendo la secta más poderosa e influyente de Hollywood. Y, cómo no, por último incluye en la ecuación la falta de ideas que le afecta tan directamente. Viene a decir que es imposible ser original en un mundo tan referencial donde unos se copian a otros. Los tres relatos reflejan la decadencia creativa, con Liam Neeson como el escritor en horas bajas dentro de su encierro parisino, Adrien Brody como profesional de la moda que roba modelos a los diseñadores italianos, y James Franco como el pintor que en la más avazanda de las metrópolis ha acabado pintando con las manos al modo de los hombres de las cavernas.