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The Disaster Movie

Sobre cómo James Franco torpedeó el 67º Concurso de Zinemaldia.

Victor Esquirol

Como si se tratara de una obra maestra cinematográfica, la temporada festivalera decidió recurrir a la estructura narrativa circular, y terminó, parece, tal y como empezó. A principios de año, recordemos, Dieter Kosslick decidió despedirse de la Berlinale por todo lo alto, firmando uno de los episodios más surrealistas en su ya de por sí surrealista reinado en la cita germana. Resultó que una de las películas inicialmente confirmadas en el concurso por el Oso de Oro, se borró, en pleno festival, de dicha competición.

Se trataba de ‘One Second’, esperado nuevo trabajo de un resurgido Zhang Yimou. Había ganas, y muchas, por ver qué presentaría el veterano maestro chino, después de la deslumbrante ‘Shadow’, vista en Venecia solo unos meses atrás. Pero nada, al final nos quedamos con las ganas. Como decía, cuando ya nos acercábamos al ecuador de aquella 69ª edición, estalló la bomba: ‘One Second’ no se iba a mostrar. Como casi siempre en estos casos, tuvimos que enterarnos antes por fuentes periodísticas que no por los canales oficiales.

Cuando estos últimos finalmente intervinieron, no hicieron más que ahondar en el desconcierto generalizado. La situación, es que no era para menos. Total, que nos quedamos sin un solo fotograma de Zhang Yimou, en principio, por las disputas que este lleva tiempo arrastrando con el gobierno de su país natal. Una serie de affaires mal resueltos... y saldados, en última instancia, con una severa reprimenda censora hacia sus trabajos. Voilà: con el partido comunista chino topamos. No se me ocurre una mejor definición de fuerza “mayor”.

Y mientras sigue eternizándose la espera de ‘One Second’, llegamos a la 67ª edición de Zinemaldia, la cual decide poner de su parte en la siempre impresionante Historia de los festivales cinematográficos. Aquí no íbamos a ser menos, de modo que después de aquella sonada (y muy merecida) Concha de Oro concedida a ‘The Disaster Artist’, se volvieron a abrir las puertas, y de par en par, a James Franco. El artista de los mil desastres iba a volver a la escena del crimen con ‘Zeroville’, y claro, como cabía esperar, con él llegó el escándalo... y nada más.

“’Zeroville’, la película dirigida por James Franco, será proyectada fuera de concurso en la Sección Oficial y no podrá optar a la Concha de Oro, ya que ha sido estrenada en salas comerciales de Rusia unos pocos días antes de su paso por la 67ª edición del Festival de San Sebastián. En un inicio, los productores de ‘Zeroville’ confirmaron su inscripción de acuerdo al reglamento del Festival, que establece que los largometrajes de la competición oficial no pueden haber sido estrenados fuera de su país -en este caso, EEUU-. Sin embargo, el filme ha sido estrenado en Rusia una semana antes del Festival de San Sebastián, de modo que ya no podrá entrar en la pugna por la Concha de Oro.”

Este último párrafo es, tal cual, la nota de prensa que nos hizo llegar la organización de Zinemaldia, ese festival que, de momento, se está comportando como un creador de contenido para el que ni dos ediciones en papel y digital bastarían para cubrir toda la información que está generando. A partir de aquí, es cuando la crónica se transforma, casi sin querer, en una pieza de opinión. Es todo tan desconcertante (por inaudito, por cafre, por irreparable...) que el relato frío de los acontecimientos parece que esté dictando automáticamente la sentencia: ridículo histórico.

La buena noticia (por aquello de no cortarse las venas antes del primer fin de semana) es que a diferencia de Berlín, aquí sí podremos ver la película de marras. Una película que, por cierto, ya venía, antes de que estallara el escándalo, con la etiqueta de “maldita”. Su rodaje se produjo, conviene no olvidarlo, a finales de 2014. Desde entonces, el proyecto se iba congelando en el rincón de la nevera de una distribuidora declarada en bancarrota. De modo que, a falta de la presencia del staff de ‘Zeroville’ (lo que faltaba), que viva el morbo.

Y láncese al aire la pregunta más incómoda: ¿A quién culpamos de todo esto? ¿A los productores y/o a los distribuidores por reírse en nuestra cara? ¿Al equipo del festival por no verlo venir y no hacerse valer? ¿A James Franco por... bueno, ser James Franco? Le vimos colocado en aquella mítica ceremonia de los Oscars; le vimos siendo arrasado por el movimiento MeToo... y nos dio igual. A lo mejor, precisamente por todo esto queríamos que volviera a competir por la Concha de Oro. Con lo que hiciera falta, pero ya se sabe: James Franco hace lo que quiere. Podría haber sido el encabezado de este texto... si no fuera porque dicho título ya esté registrado para su más que probable autobiografía. Qué ganas de leerla, de verdad.