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Interview
Beatriz FERNÁNDEZ
BISNIETA DE LEONCIO DE LA FUENTE, FUGADO DE EZKABA

«Le conté a mi abuela que su padre no les abandonó, lo mataron por querer volver»

Fernández nunca perdió la fe. Gracias a ello, logró encontrar a su bisabuelo y confirmar a su abuela que su padre nunca la abandonó, una mentira pensada para hacer daño y que logró sembrar la duda. El Gobierno de Nafarroa tiene un plan para excavar todas las fosas de las que se tienen pistas y un Banco de ADN para poner nombre a los restos. Su finalidad es cerrar historias como la de Leoncio de la Fuente.


¿Cómo supo que habían encontrado a su bisabuelo?

Fue hace un mes y medio. Me llamó César Layana, del Instituto Navarro de la Memoria. Me dijo a ver si recordaba cuando les envié el ADN de mi abuela Paula. Entonces me contó que había una coincidencia, que habían encontrado a su padre. Fue impactante. Había mandado el ADN hace dos años largos y pensábamos que, si no había salido en lo ya exhumado, nunca aparecería. Esto es increíble.

¿Su familia sabía que su bisabuelo, Leoncio de la Fuente, acabó en la cárcel de Ezkaba?

No. A él lo cogen en Fresno, Valladolid. Le llevan primero a Medina del Campo y, de ahí, a Navarra. Pero mi familia no tenía nada que le certificara que estuvo en Navarra. Además, en ese tiempo, les dieron muchas noticias falsas, intentando hacer daño. Les dijeron que estaba libre, que se había ido con otra familia, cosas así. Ellos nunca, hasta ahora que se ha cerrado la historia, dieron nada por seguro. No sabían si vino y murió o si lo liberaron, como les habían contado en el pueblo.

¿Desde que le cogieron preso, no le volvieron a ver?

Pudieron verlo en Medina, que está cerca de Fresno el Viejo. Yo ya vivo en Madrid, pero toda mi familia es de Fresno.

¿Por qué apresaron a Leoncio de la Fuente? ¿Militaba en alguna organización?

No estaba afiliado a nada. Simplemente, después del levantamiento, se enteró que iba camino del pueblo un camión de la Falange. Él, junto con otros, sale a evitar que lleguen. Van a defender a su pueblo y a sus familias, porque saben qué es lo que los falangistas están haciendo en otros pueblos vecinos. Se llevaban ganado, comida, saqueaban... hacían lo que les daba la gana. Pienso que tenía un sentimiento republicano, pero no militaba en nada concreto. Solo se enteró de que había encallado el camión en el río y fue allá.

Se enfrentó, por así decirlo, contra los paramilitares.

Quiso defender su pueblo de la invasión fascista, vamos. No hubo altercado, no hay heridos. Alguien le delató, le acusó de haber estado allí. Así les cogen a él y a otros cinco. A dos les imponen pena de muerte y, al resto, prisión permanente. Se lo llevaron una noche estando enfermo en casa, con pulmonía.

¿A qué se dedicaba?

Tejero, hacía tejas.

¿Familia?

Casado, con seis hijos. Tres chicos y tres chicas. Cuando muere, tenía 37 años.

¿Cómo llega hasta usted la historia de su bisabuelo?

En mi familia siempre se ha hablado mucho de esto, de que lo arrestaron y que nadie sabía qué había pasado con él. Mi abuela y una hermana suya intentaron saber, hace muchos años, qué ocurrió realmente. Nunca cerraron la posibilidad de que su padre estuviera vivo y hubiera rehecho su vida con otra familia.

Entonces, esa mentira les torturó toda la vida.

Totalmente. Un día, por medio de la televisión, escuchan a un hombre que, por lo que allí contó, les hace sospechar que era su padre. Van a conocerlo a una residencia y, después de tratar con él, por fin descartaron que se tratara de Leoncio. Ahí es cuando se dan por vencidas y abandonan la búsqueda. Antes no había estas facilidades que tenemos ahora con internet. Como yo había escuchado eso, hace unos años, empecé a investigar más. Más que nada, por mi abuela, porque tenía esa cosa de no saber qué ha sido de su padre. Probando con palabras en el buscador di con que había estado en el Fuerte San Cristóbal y que participó en la fuga. Me puse en contacto con la Asociación Txinparta. Ellos me cuentan que tienen los datos, pero que no saben dónde está, que hay un montón de fosas por abrir. Me hablaron del Banco de ADN. Entonces, le tomé una muestra a mi abuela y la mandé.

¿Qué supuso para su familia conocer que, por fin, le habían encontrado?

Cuando me entero, no me lo podía creer. Fue una mezcla de alegría, tristeza, rabia... No sé, un poco de todo. Según cómo lo enfocara, salía un sentimiento u otro. Y sentí paz, una paz por haberlo encontrado. Con la primera que hablé es con mi madre. Yo vivo en Madrid, ella en Fresno. Le hice una videollamada, porque no me aguantaba, pero también quería verle la cara. Ella rompió a llorar, claro. Enseguida salió a correr para contárselo a mi abuela. Con ella también fue igual, por videollamada. Toda la familia se sintió muy contenta de poder descansar, traerle y cerrar la herida.

¿Dónde acabará Leoncio de la Fuente?

En Fresno, allá tenemos un panteón donde están su mujer y sus hijos. De los seis que tuvo, solo queda viva mi abuela, Paula. Justo 15 días antes de que me llamaran del Instituto de la Memoria, se murió Casildo, el hermano mayor. Ese, hasta el último día, se acordó de su padre por eso de ser el mayor.

Si su bisabuelo falleció con 37 años, Casildo sería un niño.

Creo que tenía 9 ó 10 años.

La mujer de un rojo, sola, con hijos tan pequeños... Les habría tocado mucha miseria.

Imagínate. Estas cosas nunca se quedan ahí. Tensión en el pueblo, etc. Y todo el trabajo de sacar adelante a seis hijos.

Al final, la entrega de los restos fue una ceremonia con presencia de la consejera y toda la pompa. ¿Se esperaban algo así?

Ciertamente, no. Cuando empecé, no sabía cómo surgirían las cosas. Al principio, pensé que iríamos, lo cogeríamos y volveríamos al pueblo. Pero entiendo que al ser el primero que se identifica de esta manera, se ha querido dar un acto más oficial

Ya sabe, si estas cosas no salen en prensa, los que siguen buscando no se enteran de que existe esta posibilidad. No le descubro nada si le cuento que esta entrevista, a su vez, es un cebo para que las familias sigan mandando el ADN.

Me han preguntado a ver si no me importaba el tema de la prensa. Pero a cuanta más gente llega la historia, más posibilidades hay de seguir encontrándoles. En el acto, dije que la gente que sabe dónde están las fosas debe que perder el miedo. Y es igual de necesario que los familiares sepan cuáles son los medios que existen. La búsqueda que yo vi imposible al principio, igual sí tiene fruto.

Tras la entrega, los militares os abrieron el Fuerte que fue la cárcel de su bisabuelo.

Resultó impactante. Nada más llegar a Pamplona, ves la montaña y te pones a pensar cómo tuvo que ser aquello, la huida... Hemos sentido el frío terrible, el aire allí arriba. Y es agosto y estábamos abrigados y habíamos comido bien... Que te cuenten las condiciones de los presos te hace un nudo en el estómago.

¿Su abuela entró a la cárcel?

No ha podido estar en todas partes y acabó volviendo al coche por el frío. Al estar los militares tampoco ha sido todo lo larga que nos hubiera gustado. Después de la visita, fuimos a Larrasoaña, a la fosa.

La fosa de Larrasoaña sí que supone, para ustedes, el final de un largo camino.

La verdad es que sí. Hemos estado con Paulina, la mujer que dio la pista para encontrarles. Había cuatro personas en la fosa y celebramos un pequeño acto, donde nos han hablado de la huida, de que salieron hacia Francia, que se movían de noche para no ser vistos y que los iban cazando por los montes.

Supongo que, allí, lo que ha acabado enterrado es aquella perversa mentira. Su bisabuelo no abandonó a su familia, sino que lo mataron escapando para volver con ella.

Fue una de las primeras cosas que le dije a mi abuela: «Mira, tu padre no te abandonó, quiso volver contigo. Solo que no le dejaron, que lo asesinaron. Le apresaron por defender a su familia y por unos ideales. Lo mataron por querer volver». De algún modo, a mi bisabuelo todo esto también le ha devuelto la dignidad como persona.