Intérpretes conceptuales
Sobre el valor añadido (y único) de los actores devorados por su propio personaje
You have run out of clicks
Episodio 1: en el que Elena Anaya y Wallace Shawn entran en casa de la primera… y descubren que el novio de ella está acostándose con otra. Por supuesto, en un abrir y cerrar de ojos, estalla la tormenta. Gritos, amenazas e insultos por una parte; por la otra, una sarta de mentiras y excusas baratas lanzadas a la desesperada, en un vano intento para contener un fuego que, ya se ve, no para de crecer. La gracia está en él, en el desgraciado que pensaba que iba a pasar un día romántico con su amante, pero no, al final no.
Episodio 2: en el que un chico, que ha escapado por los pelos del trágico destino que le aguardaba después de un naufragio en alta mar, se repone en casa de su rescatador. La gracia está ahora en la madre del segundo, una mujer que claramente está muy de vuelta de la vida, en general. Sin ningún tipo de pudor, se dirige al chaval como si fuera sangre de su sangre, con una efusividad, con una falta de pudor que irónicamente hace entrar al casi-ahogado en un episodio de asfixia por ataque de vergüenza ajena.
El primer caso de estudio corresponde a una escena de “Rifkin’s Festival”, de Woody Allen, el segundo a una de “Verano del 85”, de François Ozon. Y con todo esto, lo poco que llevamos de 68ª edición de Zinemaldia, nos ha recordado uno de los mayores activos con los que cuenta el séptimo arte. Los actores y actrices… que en realidad son conceptos. El carisma del primer episodio lo aglutina Sergi López, mientras que el del segundo corre a cuenta de Valeria Bruni Tedeschi.
Tanto uno como la otra, decía, forman parte de esta distinguida estirpe de intérpretes (ahí encontramos a ilustres como Isabelle Huppert o, el más grande de todos: Nicolas Cage) con una presencia (aunque hay quien hablará de ego) capaz de ponerse por encima de cualquier guion que llegue a la mesa de sus agentes. Porque a estas alturas, cuando Sergi y Valeria entran en escena, sabemos perfectamente que lo harán para interpretar a Sergi y a Valeria, respectivamente. El primero lucirá orgulloso su acento catalán, tanto si habla francés, como castellano, como inglés, como italiano. Lo hará, ya puestos, con una capacidad asombrosa para saltar de una lengua a otra, comiéndose por el camino puñados de sílabas, o palabras enteras, en un espectáculo sin igual del trastabillamiento verbal.
La segunda aparecerá siempre mirándonos por encima del hombro, dejando claro, tanto a través de su apariencia como de su actitud, la sangre azul que corre por sus venas. Al fin y al cabo, Valeria Bruni Tedeschi es heredera de los más distinguidos linajes de la aristocracia europea, y esto, por descontado, no es algo que se pueda (o se deba) ocultar. Así que ahí estará ella, con un porte, y con un saber estar… solo a la altura de su capacidad para torpedear cualquier norma de decoro de cualquier libro de protocolo social.
O sea, que la película de Woody Allen se ve súbitamente poseída por un desacomplejadísimo huracán de frases y gestos más típico de un dibujo animado, mientras que el film de François Ozon de repente se ve beneficiado por la imprevisibilidad de una personalidad que nunca se sabe por dónde va explotar (pero sí se sabe, al 100%, que estallará). Para quien esté interesado, y para ilustrar mejor el fenómeno: el segundo episodio termina con Valeria Bruni Tedeschi contemplando, con gesto incómodamente tierno, el pene de su joven y remojado invitado.
No lo vimos venir… pero sí, porque como decía, y a esto voy, hay actores que no es que estén encasillados, es que en realidad han permitido que el personaje (su personaje) les devore. El resultado se traduce en el derribo de uno de los pilares de la interpretación: la capacidad de una cara, una voz y un cuerpo para adaptarse a las necesidades del personaje al que se tiene que dar forma. Y es que cuando se precisa de los servicios de Sergi López o Valeria Bruni Tedeschi, el director o directora de turno debe saber que ni él ni ella podrán ser moldeados a su gusto.
Al revés, va a ser Sergi López o Valeria Bruni Tedeschi los que, plantándose frente a la cámara, van a condicionar el espíritu de la función. El texto, la puesta en escena, el montaje… todo estará a su servicio. Y todo esto, por supuesto, me parece prodigioso. Porque es un llamamiento a la anarquía, porque atenta directamente contra cualquier jerarquía de plató, porque demuestra que quien tiene verdadero talento (o al menos quien está convencido de tenerlo) no tiene por qué someterse a las órdenes de nadie. No importan los organigramas, mucho menos las cadenas de mando: a los artistas –de verdad– nadie les dice lo que tienen que hacer.