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Ciberconectadas


Las restricciones pueden tener sus ventajas. El día de año nuevo éramos cuatro y las cuatro queríamos ir a la playa a la hora de comer. Es lo que hicimos. Nos bañamos, paseamos, leímos y regresamos a casa para merendar. No hubo comida de año nuevo, esa en la que rara vez me he sentado a comer con hambre.

Confieso que he celebrado la nochevieja de muchas formas distintas pero, este año en particular, no sentimos la necesidad de estar en una rave durante tres días. Puede que sea cuestión de gustos y, en estos tiempos, diría que de solidaridad. A propósito de la rave de Barcelona, me pregunto qué hubiese pasado si hubiese sido una concentración, manifestación, por los derechos de algún colectivo de trabajadoras y trabajadores. Lo prohibido resulta atractivo, siempre, pero la estupidez humana parece más contagiosa que el Covid-19. Mientras algunos danzan malditos, otros tratan de cruzar el mar en busca de una vida mejor en condiciones infrahumanas y, unos pocos, intentan salvarles la vida.

Antes de estar ciberconectados era más difícil conectar con otras personas, eran invisibles hasta que sus historias nos llegaban a través de los medios de comunicación. Ahora, mientras bromeamos en las redes suplicando ‘más gambas no’, podemos ver simultáneamente que alguien está luchando por mantenerse con vida. Sí, es lo que tiene no poder centrarse siempre en el aquí y ahora, y resulta que lo necesitamos más que nunca. Feliz año nuevo, cuidaros y ciudad de las personas que amáis.