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Los kurdos lo pierden todo contra Damasco

Tras dos semanas de combates con el Ejército de Damasco, los kurdos firman un alto el fuego que puede poner fin a más de una década de autogobierno. La presión militar, la falta de financiación y la ausencia de apoyo exterior ponen contra las cuerdas a la Administración kurdoárabe del noreste sirio.

Un grupo de personas intenta cruzar las ruinas de un puente destruido a orillas del Éufrates en la ciudad de Raqqa. (Bakr ALKASEM | AFP)

Durante varios años, el puesto fronterizo de Til Kocer entre Rojava e Irak se abría cuando el paso principal de Peshkhabur se cerraba en el Kurdistán iraquí, generalmente por orden de Ankara a Erbil. Se trataba de asfixiar o, al menos, ponérselo aún más difícil a los kurdos de Siria. Fue una mañana de la primavera de 2014 cuando coincidí allí con un francés y un estadounidense que decían ser periodistas.

Ya en el lado iraquí de la frontera, el oficial al cargo sacó de la mochila de uno de ellos un mapa del tamaño de una sábana en el que se detallaba, con precisión milimétrica, todo lo relacionado con la extracción de petróleo en el noreste sirio: desde las infraestructuras más básicas –como esas extractoras pendulares (que se denominan «canadienses»)– a puntos de prospección potencial, o simples charcas donde se acumulaba el crudo. Haciendo alarde de una gran educación, el oficial iraquí se disculpó por tener que requisar aquel mapa. «¿Realmente son ustedes periodistas?», les preguntó, antes de estampar su pasaporte.

Faltaban apenas unos meses para que los kurdos de Siria pasaran de la autonomía en los cantones donde eran mayoría (Afrin, Kobani y Yazira) a un modelo federal. Era una propuesta inclusiva que ya había funcionado en Rojava desde su liberación en el año 2012, donde se reconocían los derechos de minorías como árabes, armenios, siríacos o circasianos. La diferencia es que aquel modelo federal que cristalizó en 2015 había de extenderse por toda la orilla oriental del Éufrates a su paso por Siria. Y lo que es más: incluía zonas donde la mayoría no era kurda, sino árabe.

 

La traición de Washington, hoy recolocada junto a Ankara, Damasco y, por supuesto, sin soltar amarras con Tel Aviv, vuelve a subrayar lo más evidente: algo parecido a un Estado kurdo en Oriente Medio no es una opción. Para los kurdos, sin embargo, siempre fue una cuestión de mera supervivencia.

 

Los kurdos eran plenamente conscientes de un factor de peso como aquel, por lo que se embarcaron en una labor diplomática tan invisible como ingente para incluir a las tribus árabes suníes de la zona en un proyecto común. Por supuesto, ya no se podía hablar de «Rojava» («poniente», en kurdo), sino de la Federación Democrática del Noreste de Siria (DFNS), que pasaría a llamarse Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria (Aanes) en 2018.

Tres años atrás, la liberación de Kobani había puesto a los kurdos bajo el radar del resto del mundo. Aquello, y la necesidad de defender su propia casa, los convirtió en el ariete principal contra la pesadilla del Estado Islámico. Para ello contaban con la cobertura militar de Estados Unidos en forma de ataques aéreos y material de guerra. Fue ese mismo respaldo estadounidense el que facilitó la creación de las Fuerzas Democráticas Sirias, en octubre de 2015.

No obstante, el relato de Washington sobre la «lucha contra el terrorismo» era algo que los kurdos cogían siempre con pinzas. «Somos conscientes de que tienen sus propios intereses en la región, pero nosotros tenemos los nuestros», solían repetir sin excesivo entusiasmo los locales. Entre otras cosas, tener a los americanos en casa era un cortafuegos contra las ansias de Ankara de matar kurdos en Siria.

De hecho, cada vez que amagaban con retirarse, el turco no esperaba un segundo para invadir territorio al otro lado de su frontera. Lo vimos en el cantón de Afrin, en 2018, o en Serekaniye, en 2019.

Pero había un detalle que no se podía parar por alto: las mayores reservas de petróleo de todo el país se encuentran en distritos de la Aanes como Deir al-Zor, donde la mayoría es árabe. Ahogar al régimen de los Assad en Damasco cortándole ese grifo fue una estrategia válida hasta finales de 2024, cuando el poder pasó a manos de un sunita como Ahmed al-Sharaa; un antiguo comandante del Estado Islámico (ISIS) y de Al Qaeda por cuya cabeza Washington llegó a ofrecer diez millones de dólares, pero que fue recibido en la Casa Blanca el pasado noviembre.

Así, la mayoría árabe suní de esos distritos sureños de la Aanes ya no tiene al enemigo en Damasco, y los estadounidenses hace apenas unos dos días que han dejado de ser amigos de los kurdos, al menos oficialmente. Con Assad en Moscú, ya no necesitan cortar el caudal de petróleo desde la Aanes. Aún cuesta creer que algo tan espurio pueda poner fin no solo a esa entidad política, sino también al proyecto más inclusivo de Oriente Medio.

«Rendición»

Como es habitual en el mundo de hoy, de ahora, los acontecimientos se han ido encadenando de forma frenética. El pasado fin de semana, el Ejército sirio –un combinado de milicias islamistas donde el parche del Estado Islámico es recurrente– se hizo con el control de amplias zonas de la Aanes que incluyen campos petrolíferos y gaseros clave en Deir al-Zor. La ofensiva se producía apenas una semana después de que los kurdos fueran expulsados de dos barrios de Alepo bajo su control desde el principio de la guerra en Siria.

En la tarde del domingo, Mazloum Abdi, comandante de las FDS, comparecía en televisión para anunciar un acuerdo de alto el fuego con Damasco. «Nos hemos retirado de Raqqa y Deir al-Zor para evitar una guerra civil», explicaba el kurdo. Se trata de una tregua enmarcada en un acuerdo firmado entre Damasco y los kurdos de Siria en marzo del año pasado y que, entre otros puntos, exigía la integración de las FDS en el Ejército Sirio. Cansado de esperar, Al-Sharaa pisa el acelerador enviando a los suyos al noreste mientras matiza ese mismo punto: no será el contingente el que se integre, sino sus efectivos a título individual. Es un «entreguen las armas y disuélvanse» en toda regla.

El acuerdo tiene 14 puntos, que incluyen la transferencia del control administrativo no solo de la Aanes, sino incluso de la Rojava prefederal. Eso es lo que se ha firmado. Se habla de «rendición», aunque puede ser aún mucho peor.

Al cierre de esta edición, se siguen reportando enfrentamientos por todo el territorio mientras las redes se llenan de imágenes de presos y presas del ISIS tras ser «liberados» (es la narrativa de Damasco).

Tras las masacres de drusos y alauitas del pasado año, los kurdos no esperan ningún trato de favor de un Gobierno al que ya se han enfrentado en todas sus mutaciones previas. Aún sin la presión yihadista en sus calles y aldeas, ¿cómo podrían gestionar un territorio que dependía económicamente de ese caudal de petróleo?

La traición de Washington, hoy recolocada junto a Ankara, Damasco y, por supuesto, sin soltar amarras con Tel Aviv, vuelve a subrayar lo más evidente: algo parecido a un Estado kurdo en Oriente Medio (más allá de la Región Autónoma Kurda de Irak) no es una opción. Para los kurdos, sin embargo, siempre fue una cuestión de mera supervivencia.