Gore Verbinski (‘Piratas del Caribe’) consigue, por fin, dirigir una película
La segunda jornada del 76 Festival de Berlín aúna el esperado regreso de Gore Verbinski, una coming of age vitalista con Bella Ramsay y la entrega del Oso de Oro de Honor.
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Puede sospecharse (y con razón) de la dirección de la Berlinale en su línea intervencionista y censora hacia el genocidio palestino, que lleva a torcer el gesto ante toda proclama mínimamente blanca o cualquier réplica poco o nada concreta sobre los resabiados poderes del cine como herramienta social. Era el caso del discurso que dio una emocionada Michelle Yeoh, anoche, al recoger el Oso de Oro honorífico.
La actriz de ‘Tigre y dragón’, ‘Amor, honor y libertad’ o ‘Todo a la vez en todas partes’, formada en el cine de acción hongkonés, esquivaba toda denuncia explícita y se congratulaba como caso de éxito, definiéndose como «aquella chica de Malasia que amaba la disciplina, el baile y soñar sin límites, que no podía imaginar que viajaría tan lejos a través de las historias».
«El cine se convirtió en el lugar donde podía abrazar las contradicciones: la fuerza y la vulnerabilidad, la seriedad y el juego, el control y la entrega. Me dio no solo una carrera, sino una vida muchísimo más grande de lo que jamás me habría atrevido a imaginar». Por muy genuinas que sean sus palabras, no había forma de que este cantar a las bondades del séptimo arte acallara el silencio estruendoso ante un contexto festivalero que se siente, más que nunca, la yema del debate entre arte y política.
‘Good Luck, Have Fun, Don’t Die’ confunde incluso a la IA
La obra de Gore Verbinski resulta esencial para mapear el cine estadounidense del último siglo: desde ‘Piratas del Caribe’ a la oscarizada ‘Rango’, pasando por el remake de Hollywood de ‘The Ring’ y varias películas de presupuesto medio con cast de perfil alto: Brad Pitt y Julia Roberts en ‘The Mexican’, o Nicolas Cage y Michael Caine en ‘El hombre del tiempo’. Pero desde que fracasara por partida doble con ‘El llanero solitario’ (2011) y con ‘La cura del bienestar’ (2016), ahora convertida en joya de culto, Verbinski no ha conseguido aterrizar ni un proyecto.
Por ello, el estreno de ‘Good Luck, Have Fun, Don’t Die’, financiado gracias al apoyo de Sam Rockwell, esforzado protagonista y amigo del director, se siente como una apuesta a todo o nada. Lo cual no capa los aires maximalistas de este cruce entre la lucha contra la distopía futura de ‘Terminator 2’, con las simpáticas instantáneas familiares de ‘Los Mitchell contra las máquinas’ y algo del terror apto para públicos adolescentes sin mucho respeto por la verosimilitud de ‘Bienvenidos a Zombieland’.
Mechambrado confuso o palomita gomosa, eso es esta guerra que batalla contra las maquinaciones de una Inteligencia Artificial un grupo de perdedores –entre quienes se cuentan Haley Lu Richardson y Zazie Deetz– con un viajero del futuro (Rockwell) al frente. Sátira, acción shoot’em up, terror zombi y algo de melodrama resabiado para un final con moraleja. Verbinski aspira a todo, aunque por la sencillez, confusión y aburrimiento imperantes (dura más de dos horas, un desafío a no echar ojeadas a la pantalla del móvil), la apuesta se le queda en nada.
‘Sunny Dancer’ encandila con su alegría sin ambages
Ivy (Bella Ramsay), una adolescente de 17 que acaba de salir de un cáncer, ha ideado un ritual con su pareja de padres (Jessica Gunning, de ‘Reno de peluche’, y James Norton) para levantar el ánimo. Se trata de bailar de forma teatralizada e hiperbólica al son de ‘Don’t Feel Like Dancing’ de Scissor Sisters, desvergonzadamente alegre.
Con el mismo ánimo luminoso se desarrolla ‘Sunny Dancer’, un coming of age que sigue el verano de Ivy en el apodado «quimio-campamento» para criaturas con historial oncológico y sobre cuyo espíritu «inspiracional», con la lengua viperina, pero encantadora de Claudette Colbert y las otras heroínas del screwball, deja muy claro que no está de acuerdo. George Jaques (director y guionista de 25 años) construye por encima un retrato idealizado que contesta las moralejas impostadas con pura joie de vivre. Una alegría benéfica en la que hay que participar activamente, por encima de lo reconocible de su fórmula y excesos, pero que –en sus términos buenistas– no resulta nada desdeñable.