Arena Santa Giulia, el símbolo (al revés) de Milán-Cortina
El palacio que alberga los eventos de hockey hielo está bajo la lupa por varios problemas: ubicado en un barrio problemático, ha visto dispararse los gastos y los trabajos todavía ni han acabado. Breve historia de una infraestructura controvertida.
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Catedrales en el desierto, obras públicas inútiles, proyectos contradictorios: los Juegos Olímpicos no generan siempre aciertos en cuanto a planificación urbana. A menudo, por contra, dejan huellas malísimas. Por eso varias ciudades han ido a la quiebra, o a la casi-quiebra, después de albergar a los Juegos.
El símbolo de estos de Milán-Cortina 2026 es sin duda el Ice Hockey Arena del barrio de Santa Giulia. Una obra que desde el principio ha creado polémicas, por varias razones que vamos a desarrollar.
Un barrio maldito
Santa Giulia es un barrio desafortunado. Se encuentra al sureste de Milán, está mal ubicado, es feo, queda lejos de todo menos de la Tangenziale Est de Milano (la autopista que lleva a la zona al este de la ciudad) y no tiene ningún atractivo especial. Es decir, es lo más periférico de las periferias, pese a intentos de darle vida y visibilidad que han ido fracasando a lo largo de las décadas.
Lleva casi 20 años de vida, el barrio, un proyecto dibujado por el mismísimo Norman Foster (sí, el del metro de Bilbo y de las reformas del Museo de Bellas Artes) y enriquecido, por aquel entonces, con palabras futurísticas como la ‘domótica’, es decir las casas inteligentes, todas pensadas para ser más sostenibles.
Incluso una de las calles principales se llama así, recordando a aquella vanguardia artística que exaltaba la velocidad y la guerra como ‘la higiene del mundo’: Via del Futurismo. El objetivo de este proyecto Santa Giulia era devolver a la vida a una zona abandonada después de la época del coloso químico Montedison y de los aceros Redaelli.
Entre las joyas de la corona de Santa Giulia destaca la sede de la televisión Sky, cuyas luces tricolores blancas, rojas y verdes, iluminan el panorama durante las noches. Desde cero, en este barrio nuevo han ido construyéndose grandes pisos, parques, escuelas y pequeños comercios. Una imagen idílica, enésima réplica del concepto ‘estás-en-una metrópoli-pero-parece-que-vives-en-la-naturaleza’.
El objetivo de este proyecto Santa Giulia era devolver a la vida a una zona abandonada después de la época del coloso químico Montedison y de los aceros Redaelli... y el suelo apareció repleto de amianto
Pequeño obstáculo para esta narración de cuento; durante los trabajos de remodelación de la zona se descubriría, por ejemplo, que una larga parte del suelo estaba contaminada ni más ni menos que por amianto. Transformando un barrio residencial en una potencial bomba sanitaria, a pesar de la supuesta modernidad de las casas.
A todo esto, Santa Giulia está rodeada de otros barrios con otros tipos de problemas. Al norte tiene a Ponte Lambro, una aldea que se ha mantenido auténtica y constante para lo bueno (poca especulación) y para lo malo, siendo uno de los primeros que se ahogan cuando sobre Milán cae un poco más lluvia de lo habitual y el río Lambro, enterrado, desboca.
Al sur, por otro lado, tiene al ‘famoso’ Corvetto, donde se ha concentrado la mayor manifestación de protesta contra los Juegos Olímpicos, reconocida central de venta y consumo de todo tipo de droga, además de ser el punto de partida de la mamma de todas las autopistas italianas, la Milano-Napoli.

Construir es mejor que reformar
Por Via del Futurismo ha llegado finalmente, como caído en paracaídas, el Ice Hockey Arena, este nuevo palacio del hielo pensado exclusivamente para los Juegos Olímpicos de Milano-Cortina. En este contexto de reforma total, ha sido desalojado también un antiguo campamento de gitanos, en la Via Bonfadini.
Un palacio nuevo, sí, a pesar de que la ciudad de Milán ya tenía hasta dos estructuras cuya razón social eran el hielo o actividades similares: el Palazzo del Ghiaccio, muy coqueto, en la cercana (pero dentro del territorio urbano) Calle Piranesi, y el Agorá, al otro lado del mapa, al extremo oeste, en el popular barrio del Giambellino. Un sitio, este último, donde nosotros adolescentes íbamos a patinar con los amigos intentando imitar los gestos de los mayores, y acabando inevitablemente con el culo en el suelo. Mejor dicho, en el hielo.
Milán nunca ha tenido una auténtica tradición de hockey hielo. Hubo algunos equipos bastante competitivos, los Vipers por ejemplo, y el mismísimo Silvio Berlusconi, cuando al principio de la década de los 90 quiso hacer del Milán un club polideportivo, incluyó también este deporte en el grupo, encabezado por supuesto por el fútbol. Fracasó el polideportivo, fracasó el hockey hielo (también el rugby y el béisbol, parcialmente el voleibol).
Los trabajos empezaron en 2022 y, parece absurdo que todavía no hayan acabado. Ni la prisa para los Juegos Olímpicos ha supuesto un empuje para llegar puntual a la gran cita
¿Acaso no se podía reformar bien uno de los dos, es decir el Palazzo del Ghiaccio o el Agorá? Probablemente. Sin embargo se ha decidido construir –en la nada residual de Santa Giulia, más allá de los pisos y de los parques y justo antes de la Tangenziale– este mastodóntico palacio, con un coste estimado de 177 millones de euros, todos a cargo de una empresa que se dedica sobre todo a los conciertos, la Eventim (parte de la familia Ticketone).
Los trabajos empezaron en 2022 y, parece absurdo que todavía no hayan acabado. Ni la prisa para los Juegos Olímpicos ha supuesto un empuje para llegar puntual a la gran cita. Menos absurda, quizás, la subida vertical de los presupuestos, que nunca han sido actualizados de manera oficial.
Se sabe solamente que el gobierno ha dado 51 millones de euros para ayudar a las empresas constructoras. Siendo Italia un país de 60 millones de habitantes, sale casi un euro por persona: el coste de un café. Bromas aparte, según otros estudios parece que los presupuestos se han disparado hasta los 320 millones de euros... y eso sí que no se paga con un café. Además para completar un palacio que, en cuanto terminen los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, será enseguida reconvertido en ‘arena’ para conciertos.
El palacio ha sido duramente criticado por varios medios extranjeros, por varias razones. Las hay económicas, logísticas (está sinceramente muy mal conectado, con casi inexistente presencia de carteles de señalización) e incluso deportivas, porque parece que a la pista de hockey hielo le falta un metro de ancho, según ‘The Athletic’.
Ir de prisa, a la italiana, esperando al mismo tiempo una especie de buena suerte, una bendición desde el cielo, no parece haber sido la mejor de las estrategias. Y más viendo a las gradas vacías porque las entradas cuestan una barbaridad. Sin olvidarse de los precios de las cervezas y de la comida en el interior; dos ejemplos, mini cheeseburger a 9 euros y zurito de cerveza en botella a 7 euros.
Cuando acabe la borrachera olímpica se verán los efectos reales del Arena Santa Giulia, que de momento ya es símbolo al revés de este evento.