La anguila europea, un misterio milenario en peligro
Durante siglos, científicos y filósofos han intentado descifrar el misterio de la anguila. Nace en el Atlántico, crece en Europa y vuelve a desaparecer en un lugar donde nadie la ha visto reproducirse. Hoy ese pez que obsesionó a Aristóteles se enfrenta a un peligro más concreto: la desaparición.
Entre el nordeste de Cuba y las Bahamas se abre una extensión de unos cinco millones de kilómetros cuadrados donde el océano parece detenido sobre sí mismo. Allí flotan grandes campos de algas pardas, pegajosas, llamadas sargassum. De ellas toma su nombre el Mar de los Sargazos. En sus profundidades, que en algunos puntos superan los siete mil metros, comienza la historia de uno de los animales más misteriosos y extraordinarios del planeta: la anguila europea o Anguilla anguilla, que se encuentra en peligro crítico, la categoría de amenaza más extrema, desde hace dos décadas.
Allí y solo allí nace como ser larvario, transparente y en forma de «hoja de sauce», antes de dar inicio a un viaje improbable. Arrastrada por las corrientes del Atlántico, estas leptocéfalas tardan años en cruzar el océano al tiempo que van creciendo, cambiando lentamente de forma. Una vez que llegan a las costas europeas, se convierten en angula, una diminuta silueta casi transparente de apenas unos centímetros que «los vascos, entre otros, las consideran una exquisitez», afirma el autor sueco Patrik Svensson en su obra ‘El evangelio de las anguilas’, una investigación de uno de los animales más esquivos y a la vez retrato íntimo de quien intenta comprenderlo de manera casi obsesiva.

La larga existencia de la anguila, sin embargo, no termina ahí; más bien apenas comienza. Remonta ríos y estuarios, se adapta al agua dulce y experimenta entonces otra metamorfosis: su piel se oscurece, su cuerpo se alarga y adquiere la musculatura serpenteante que la caracteriza. La anguila amarilla busca un hogar en los ríos, estuarios, humedales o lagos; y si es necesario, incluso se desplazará por tierra húmeda, como si olvidara por instantes su condición de pez hasta alcanzar otra masa de agua, donde vivirá por años o décadas. Muchas en radios muy pequeños, al abrigo de la oscuridad, apartada durante el día y a la caza de gusanos, larvas, caracoles, insectos, moluscos o peces de noche.
Al igual que los salmones, las anguilas viven en agua dulce y salada y sufren varias transformaciones, pero sus ciclos son diferentes. El salmón desova en agua dulce y crece en el mar; la anguila, al contrario, pasa su vida en aguas dulces y se reproduce en agua salada. ¿Dónde? En el Mar de los Sargazos.
Por eso, de pronto, algo cambia. Un día cualquiera, tras tres, quince o treinta años de haber hecho de un modesto escondite del lago su hogar, después una vida solitaria en la que en contadas ocasiones sintió el calor de otras de su especie formando un ovillo en invierno, deja atrás su refugio oscuro y emprende un turbulento viaje río abajo.
La migración de la anguila sigue siendo una de las más asombrosas del reino animal. Sus ojos crecen para ver en las profundidades, su cuerpo se llena de huevas o esperma y sus aletas se tonifican para nadar más rápido. La piel se oscurece en el lomo y se aclara en los flancos. La anguila amarilla es ahora una anguila plateada capaz de nadar a contra corriente hasta 50 kilómetros diarios durante seis meses.
Evitará la luz, alternará profundidades y su aparato digestivo prácticamente dejará de funcionar para valerse de su grasa acumulada a lo largo del tiempo. Todo por alcanzar un único objetivo: reproducirse, lograr que los óvulos fecunden. Y después, probablemente, morir.
Todo un misterio...
A pesar de todo lo que sabemos, el momento más importante de su vida sigue siendo un misterio. «Nadie ha visto nunca un huevo de anguila europea en el Mar de los Sargazos ni se ha pescadoallí ninguna anguila adulta reproductora», comenta a este medio Estíbaliz Díaz, presidenta del grupo de trabajo de anguila del Consejo Internacional para la Exploración del Mar (ICES, por sus siglas en inglés) e investigadora de AZTI. Lo único que se sabe con certeza es que allí se encuentran las larvas más pequeñas de la especie.
El biólogo danés Johannes Schmidt dedicó décadas a resolver ese enigma. Casado con la hija del dueño de la cervecera Carlsberg, este científico entusiasta pudo apoyarse en el laboratorio que la empresa había creado para investigar el lúpulo y en su financiación para lanzar sus expediciones oceanográficas. Tras recorrer los mares del Atlántico, bordear las Azores, avistar Terranova y detener la expedición por la Primera Guerra Mundial, Schmidt encontró finalmente las larvas más pequeñas en el Mar de los Sargazos. Tras más de un siglo de investigaciones, científicos colocaron en 2022 transmisores a anguilas plateadas que soltaron en las Azores para, por fin, perseguir a las adultas hasta allí.

Pero, ¿por qué partir hacia Europa y, décadas después, cruzar de nuevo el Atlántico y desaparecer en las profundidades de un lugar donde nadie las ha visto jamás reproducirse? Quizá parte de la respuesta esté en su pariente más cercana, la anguila americana. Ambas provienen de un ancestro común y sus caminos se dividieron hace 30 millones de años.
«Cuando los continentes se fueron separando, algunas tiraron hacia América y otras, hacia Europa. Con el paso de millones de años y el ensanchamiento del océano, el viaje se fue haciendo cada vez más largo. Hoy la anguila europea realiza la migración más extensa de todas», afirma Díaz. ¿Y cómo encuentran el camino de vuelta? Es otro de los misterios, pero parece que tienen un sistema de orientación magnética, una especie de memoria que les hace superar los 7.000 kilómetros en su viaje de vuelta.
...y una obsesión milenaria
La fascinación por la anguila viene de lejos. Aristóteles las estudió a fondo en Lesbos y concluyó que nacen todas del fango, incapaz de hallar los órganos necesarios para transportar huevos o semen como otros peces. De hecho, hasta el siglo XVIII ni tan siquiera se sabía que era un pez. «La anguila ha seguido burlando al ser humano desde entonces», comenta Svensson en su libro, antes de recordar las teorías más curiosas sobre su reproducción. En la Edad Media, creían que se reproducían frotándose contra las piedras o que brotaba de la espuma de mar, mientras que en Egipto estaban convencidos de que surgía por sí sola en las aguas del Nilo.

En 1777, Carlo Mondini localizó los ovarios en una anguila enorme, pero la búsqueda de sus testículos siguió frustrando a muchos investigadores, entre ellos a un joven Sigmund Freud, que a sus 19 años pasó semanas en Trieste diseccionando anguilas, apestando a pescado muerto, «lo que quizá lo empujara a abandonar las ciencias naturales por el psicoanálisis», bromea Svensson. Lo que no sabía Freud es que la anguila no desarrolla órganos sexuales hasta que no los necesita, matiza.
En el lago Neagh, en el norte de Irlanda, llevan casi dos mil años pescando anguilas. Cuando un consorcio de comerciantes ingleses se hizo con parte de los derechos de pesca, comenzaron las tensiones, las trifulcas y los ataques. Los propietarios llegaron a afirmar que absolutamente todos los pescadores de anguilas eran simpatizantes del IRA. De alguna manera absurda, la anguila terminó enredada también en el conflicto denominado ‘The Troubles’.
Lo cierto es que la angula se consume en Europa desde el año 5.400 a.c –la anguila incluso antes– y, con ella, ha viajado también un conocimiento transmitido de generación en generación. En Gran Bretaña, cómo no, se freía entera; en el río Arno italiano, fieles a su liturgia culinaria, con tomate y parmesano; y en Euskal Herria, en cambio, salteada en aceite de oliva, con ajo y guindilla. Un plato sencillo que nació como comida popular y que, con el tiempo y la escasez, acabaría convertido en un lujo.
En peligro
Pero la anguila se muere. Al tratarse de una sola población que se reproduce en un solo lugar, el reclutamiento se mantiene en niveles muy bajos respecto a la abundancia media entre 1960-1979: 0,7% en el Mar del Norte y 12,1% en el resto de Europa. Las razones, afirma Díaz, son varias: pérdida de hábitat por presas y canales –en la Península ibérica ha perdido el 80% de su hábitat natural–, contaminación y cambio climático, barreras a la migración, parásitos que heredaron de la anguila japonesa y a la sobrepesca.

En 2007, la Unión Europea obligó a los estados a elaborar planes de gestión con el objetivo de que el 40% de las anguilas plateadas logren salir de los ríos y llegar al mar en comparación con una situación previa a la presión humana, tomada como referencia antes de los años ochenta, pero ninguna comunidad autónoma alcanza ese objetivo.
Ante los datos autonómicos y europeos, comenta a NAIZ Leandro Azkue, viceconsejero de Pesca de Lakua, el Ejecutivo decidió suspender en octubre la campaña de este año. Hasta hace poco la pesca de angula en la CAV era recreativa, explica, pero tras las restricciones europeas pasó a profesional en 2024. Aquella fue la primera campaña bajo ese modelo. Se autorizaron 150 licencias y un cupo cercano a los 500 kilos, aunque finalmente se capturaron alrededor de 200. «De cada cien angulas que entraban en los 70-80, hoy entran siete u ocho», señala.
Según explica Díaz, en la costa vasca no solo se desarrolló la pesca de angula, sino también buena parte de su comercialización. Gracias a los viveros que permiten mantenerlas vivas y distribuirlas, muchas se envían al norte de Europa para el engorde porque nunca se ha conseguido cerrar el ciclo biológico de una anguila europea en cautividad. Con un reclutamiento en torno al 10% del histórico, «¿existe una pesquería sostenible a largo plazo?», se pregunta. «La respuesta es que no», dice, aunque cree que prohibir su captura debe ir acompaña de otras medidas.
El Gobierno español quiere ahora declarar la anguila como especie en peligro de extinción, una medida que ha sido rechazada por tercera vez por las Comunidades Autónomas. En concreto, Nafarroa y la CAV se abstuvieron. Así, Azkue sostiene que la efectividad de esta medida aplicada sólo en el Estado tendrá «poca efectividad» al ser un único stock, por lo que pide «elevar a Europa esta cuestión». Así, anima a los anguleros a participar en mesas de trabajo para llegar a una solución entre todos.
La Asociación de Anguleros de Euskadi, sin embargo, discute ese relato. Se han producido reuniones entre ambos, pero Unai Eizagirre, presidente, sostiene que salieron de ellas sin nada. El conflicto ha llegado ya a los tribunales. La Asociación de Anguleros de Euskadi, presidida por Unai Eizagirre, recurrió la suspensión de la campaña; el juez rechazó las cautelares para reabrirla, pero preparan nuevas acciones como asociación.
Detrás hay un sector pequeño y muy familiar que no puede mantener la pesca como único sustento, señala a NAIZ. Para los pescadores, el problema principal no es la pesca sino el hábitat: presas, saltos de agua o centrales hidroeléctricas que impiden que la anguila remonte los ríos, agrega. «Nosotros creemos que podemos ser parte de la solución. Podemos pescarlas pero a su vez cuidarlas, soltarlas en los ríos y cuando se transformen, ayudarlas a volver al mar », afirma.
Con todo, el animal que durante siglos formó parte del paisaje de los estuarios vascos sigue haciendo lo único que ha hecho siempre: intentar sobrevivir. Quizá esa sea la única certeza en una historia llena de incógnitas. Aún estamos a tiempo de que su enigmático viaje por las produndidades continúe.