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El eco de Chernóbil languidece en pleno rearme atómico global

El 26 de abril de 1986, una explosión en la central nuclear de Chernóbil provocó una catástrofe. Miles de personas fallecieron o enfermaron y un área de varios kilómetros quedó acotada indefinidamente. Propició una mayor conciencia sobre la energía atómica, pero el tiempo parece haberla amansado.

Un operario con equipo antirradiación camina junto al sarcófago del reactor 4. (Arce LAVIN-Genya SAVILOV | EUROPA PRESS)

Es posible que el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, que esta misma semana lamentaba desde Bilbo el cierre de centrales nucleares, no se haya acordado de la efeméride, y que muchos quieran pasar de puntillas por ella en esta atribulada época en la que la energía atómica es considerada “verde” y las potencias evocan Hiroshima y Nagasaki como factor de disuasión militar cada vez con mayor frecuencia. Pero lo cierto es que hoy se cumplen 40 años de uno de los mayores desastres provocados por el ser humano.

El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central de Chernóbil explotó, provocando el accidente nuclear más grave de la historia, solo equiparable en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares (INES) al ocurrido en 2011 en Fukushima -ambos están en el nivel 7, el más alto- a causa de un terremoto de magnitud 9,0 y un posterior tsunami.

En el caso de la instalación ucraniana, el accidente comenzó durante una prueba de seguridad en el reactor. Las causas y el modo exacto en que se produjo han sido durante años objeto de controversia, pero lo que es incontrovertible es que las pruebas causaron el sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor nuclear y una o dos explosiones sucesivas, seguidas de un incendio que despidió gases con muy altos niveles de radiactividad.

Las explosiones volaron la tapa del reactor, de 1.200 toneladas, y expulsaron grandes cantidades de materiales radiactivos a la atmósfera, formando una nube que se extendió por 162.000 kilómetros cuadrados, alcanzando buena parte de Europa y América del Norte. De hecho, la cantidad de elementos radiactivos o tóxicos expulsados fue, según algunas estimaciones, unas 500 veces mayor que la liberada por la bomba atómica arrojada por Estados Unidos en Hiroshima en 1945.

Es una radiación que en los sitios más afectados tardará miles de años en ser asimilada por la naturaleza y desaparecer.

MILES DE VÍCTIMAS

La explosión mató al instante a dos miembros del personal operativo del reactor, pero aquello no fue sino el inicio de una pesadilla que aún perdura.

El escape radiactivo causó la muerte de 31 personas en las siguientes dos semanas y llevó a la administración soviética a evacuar de urgencia a cerca de 120.000. El tiempo, por desgracia, multiplicó la dimensión de la tragedia. Por poner algunas cifras a una catástrofe en muchos sentidos inconmensurable, se calcula que el número de casos de cáncer y leucemia provocados por la radiación en Chernóbil oscila entre 34.000 y 140.000, lo que habría causado entre 16.000 y 73.000 muertes, pero algunos estudios, entre ellos uno publicado por la Academia de Ciencias de Nueva York, sitúan los decesos hasta diez veces por encima de ese número.

Se trata, sin duda, del peor accidente industrial de la historia, mucho peor que la catástrofe provocada por la fuga de gas de Bhopal (India) en diciembre de 1984, donde entre 3.000 y 3.500 personas perdieron la vida durante la primera semana. Desde entonces, el número de víctimas mortales a causa de las enfermedades provocadas por la exposición ha aumentado hasta situarse, según estimaciones, entre 15.000 y 25.000. Terrible y, aun así, son cifras menores a las de Chernóbil.

El primer acercamiento en helicóptero, poco después, evidenció la magnitud de lo ocurrido en la central, que está ubicada a una decena de kilómetros de la frontera con Bielorrusia. Según describieron los testigos, en el núcleo expuesto a la atmósfera el grafito ardía al rojo vivo, mientras que el combustible y otros metales se habían convertido en una masa líquida incandescente. La temperatura alcanzaba los 2.500 °C e impulsaba el humo radiactivo a una gran altura en un efecto chimenea. Era como un volcán radiactivo.

Y pudo haber sido peor. Las llamas afectaron de inmediato a varios pisos del reactor 4 y se acercaron peligrosamente al edificio donde se encontraba el reactor 3, pero, apenas unos minutos después de que se produjera la explosión, todos los bomberos militares de la central ya estaban en camino o trabajando en las tareas de control. Su temprana actuación evitó que el fuego se extendiera al resto de la instalación, lo que habría acarreado unas consecuencias difícilmente imaginables.

Una mujer deposita flores en memoria de los trabajadores muertos tratando de contener el impacto del accidente. (Celestino ARCE LAVIN | ZUMA PRESS | DPA | EP)

Aquel comportamiento heroico tuvo, no obstante, un precio: solo cinco del medio centenar de profesionales que entraron de primeras para contener el accidente siguen vivos cuatro décadas después.

ENTRE LA DISTOPÍA, EL TURISMO Y LA GUERRA

Las autoridades soviéticas iniciaron un proceso masivo de descontaminación, contención y mitigación en las zonas circundantes al lugar del siniestro, que llevaron a cabo aproximadamente 600.000 personas, denominadas «liquidadores». En este proceso se aisló un área de treinta kilómetros de radio alrededor de la central nuclear, conocida como zona de exclusión.

Inmediatamente después del accidente se construyó un sarcófago para cubrir el reactor 4 y aislar el interior, que se vio degradado con el paso del tiempo por diversos fenómenos naturales, y por las dificultades de construirlo en un ambiente de alta radiación, por lo que corría el riesgo de degradarse gravemente. En 2004 se inició la construcción de un nuevo sarcófago, que fue inaugurado en 2016, tres décadas después del accidente. Tras largas negociaciones con el Gobierno ucraniano, la comunidad internacional financió los costes del cierre definitivo de la central, completado el 15 de diciembre de 2000.

Hace cinco años, coincidiendo con el 35 aniversario, el periodista Pablo González entró en esa zona y describió para GARA un escenario que parecía sacado de la imaginación distópica de un showrunner televisivo, pero que era al mismo tiempo una atracción turística, donde, para entrar, hacía falta un permiso especial que se tardaba unos diez días en obtener y cuyo precio iba desde los 20 euros por día, para los ucranianos, hasta los 60, para extranjeros. No eran pocas las compañías que ofrecían sus servicios para visitarla. Lógicamente, la invasión rusa y la guerra han apuntillado el emergente negocio.

Explicaba González entonces que más de una cuarta parte de esos 600.000 liquidadores enfermaron y que en torno a un 10% murió prematuramente, un 50% entre aquellos que trabajaron en el reactor o las zonas más cercanas. El periodista vasco, detenido y encarcelado poco después por las autoridades de Polonia, donde ha permanecido dos años preso sin juicio, apostillaba en aquella crónica que, en el mejor de los casos, las pensiones de estas personas eran de 200 euros, aunque la media era de 150, y la de viudedad se había ido reduciendo a unos 50 euros.

En aquellas fechas vivían aproximadamente 5.000 personas en la vasta zona de exclusión, la mayoría trabajadores: nuevos liquidadores de las consecuencias del accidente, personal de mantenimiento, bomberos, guardabosques y policías.

Casi todos estaban allí por el dinero, excepto unos pocos consagrados a la ciencia. Si el salario medio estaba entonces por debajo de los 200 euros, la posibilidad de ganar sueldos desde los 300 hasta los 600 euros, en el caso de los empleados comunes, era atractivo suficiente como para pasar una época en aquel inhóspito lugar.

En principio, todos debían medir constantemente el nivel de radiación al que se exponían, para que, llegados a ciertos límites, pudieran ser «retirados» y no volvieran a trabajar en áreas radiactivas. En realidad, según explicaba González, cada uno hacía lo que quería y la mayoría no siempre llevaba su cargador, alargando así su estancia y, por tanto, sus ganancias.

Entre febrero y marzo de 2022, en las primeras semanas de la guerra, el entorno de Chernóbil fue escenario de combates, pero los sensores de la central no mostraron ningún aumento de la radiactividad. El 9 de marzo se produjo un corte de suministro eléctrico en la planta, aunque no se informó de fugas. El 31, las fuerzas rusas devolvieron formalmente el control de la instalación a sus empleados y la mayoría de su Ejército se retiró de la zona.

IMPACTO EN EUSKAL HERRIA

El accidente de Chernóbil se produjo en un momento en el que el debate sobre la energía atómica estaba en plena efervescencia en todo el mundo. El movimiento antinuclear se había extendido desde la década de 1970 y, por ejemplo, en Euskal Herria el lema «Nuklearra? Ez, eskerrik asko» rodeando a un sol sonriente -el original fue ideado por la activista danesa Anne Lund en 1975; en su idioma, «Atomkraft? Nej tak»- se reproducía por miles en chapas y pegatinas.

En nuestro país aún resonaban, además, los ecos de la enorme movilización popular contra la central de Lemoiz, cuya construcción había quedado definitivamente paralizada en 1984. Antes, la oposición antinuclear ya había logrado detener los proyectos de Deba, Ispaster y Tutera.

Asimismo, el impacto del accidente de la central nuclear de Three Mile Island (Pensilvania, EEUU), de nivel 5 en la escala INES, el mayor hasta la fecha, estaba muy vivo en la opinión pública internacional. El 28 de marzo de 1979 se produjo una fusión parcial del núcleo de uno de los dos reactores de esa planta, ubicada a 250 kilómetros en línea recta de la ciudad de Nueva York, con consecuencias económicas y medioambientales importantes.

La sensibilidad, por tanto, era alta en la sociedad vasca, y lo ocurrido en Chernóbil no hizo sino acentuar un rechazo bastante generalizado a la energía atómica.

«Se confirma la importancia del accidente nuclear de Chernobyl», fue el encabezamiento de “Egin” el 30 de abril de 1986, pues no fue hasta tres días después cuando las autoridades soviéticas confirmaron definitivamente la trascendencia del accidente. Le acompañaba este subtítulo: «Las autoridades de Moscú hablan de dos muertos y evacuación de los alrededores, al tiempo que piden ayuda para controlar el incendio». Eran otros tiempos, muy distintos a los de hoy, en los que la información viaja a toda velocidad.

Con todo, más allá del impacto político o ideológico en la sociedad vasca, lo ocurrido en la central ucraniana desembocó también en un vínculo especial entre dos pueblos geográficamente muy alejados.

Y es que tras la explosión de la central de Chernóbil la ONU reclamó ayuda internacional para que los niños y las niñas afectadas pudieran abandonar el área contaminada al menos siete semanas al año y recobraran, en la mayor medida posible, la salud perdida por la radiación. Más de doscientas familias vascas se hicieron eco del llamamiento y empezaron a recibir a menores ucranianos cada año.

Partiendo de esta experiencia solidaria y al mismo tiempo enriquecedora, a mediados de la década de los 90 se creó la Asociación Chernobil Elkartea, que agrupa a familias vascas que acogen a niñas y niños ucranianos. El objetivo principal del programa es ayudar a que los menores gocen de buena salud, y lo cierto es que la buena alimentación, el ejercicio físico y los cuidados recibidos redundan en una mejoría casi inmediata en muchos de ellos, que ganan peso, fuerza y alegría en los periodos que pasan en nuestra tierra.

Y en este tiempo, no podía ser de otra forma, se han forjado relaciones muy intensas entre los niños y las familias de acogida. La relación suele mantenerse de alguna forma más allá del verano; el contacto telefónico es frecuente y es habitual el envío de paquetes en fechas señaladas, como la Navidad o en cumpleaños.

¿PODRÍA OCURRIR OTRA VEZ?

Hace quince años, poco después de que ocurriera el desastre de Fukushima, el politólogo y periodista indio Praful Bidwai, ex redactor jefe de “The Times of India” fallecido en 2015, escribió para Transnational Institute un extenso artículo en el que advertía de que, si bien la secuencia de acontecimientos ocurrida en la instalación nuclear japonesa podía ser inusual, incluso única, «un apagón total de una central puede producirse por diversas razones, sin necesidad de que se produzca un desastre natural».

«Los ingenieros que han diseñado, operado y autorizado reactores nucleares afirman que todos los tipos de reactores existentes pueden sufrir un accidente catastrófico, con secuencias diferentes pero con el mismo resultado final. Los reactores nucleares son sistemas extremadamente complejos, con componentes internos estrechamente interconectados que funcionan a altas temperaturas y presiones. Un pequeño percance en un subsistema se transmite y amplifica rápidamente, sumiendo al reactor en una crisis que no se puede ni prever ni controlar», avisaba Bidwai, quien era además miembro de la Red Internacional de Ingenieros y Científicos contra la Proliferación (Inesap) y cofundador del Movimiento Indio por el Desarme Nuclear (Mind).

«Es ilusorio pensar -añadía- que la catástrofe de Fukushima fue causada por el terremoto y el tsunami. Estos solo desencadenaron una crisis en unos reactores que, para empezar, eran vulnerables a sufrir un accidente grave. Muchos otros desastres nucleares, incluidos los accidentes por pérdida de refrigerante y la fusión del núcleo, como los de Chalk River (Canadá, 1952), Windscale (Reino Unido, 1967), Three Mile Island (EEUU, 1979) y Chernóbil (URSS, 1986), fueron causados por errores de los operadores, el deterioro o fallo de los equipos, el fallo de los sistemas de emergencia y la pérdida de energía. Los desastres naturales no hacen más que aumentar la probabilidad de que se produzcan accidentes nucleares».

El periodista indio apostillaba que «la industria nuclear ha subestimado sistemáticamente la probabilidad de que se produzca un accidente con daños en el núcleo», y apuntaba que si bien en 1975 el Informe Rasmussen afirmaba que la probabilidad era de un siniestro por cada 20.000 años de funcionamiento de los reactores en EEUU, el accidente de Three Mile Island ocurrió tras solo meses en activo. La estimación se revisó a un accidente cada 1.000 años, pero el artículo recordaba que desde 1970 hasta ese 2011 «se ha producido un accidente con daños en el núcleo cada 8 años en todo el mundo».

Esa secuencia, por suerte, no se ha mantenido en la década y media posterior, pero los precedentes tienen suficiente contundencia como para poner entre paréntesis cualquier afirmación que descarte taxativamente un nuevo accidente nuclear. Las probabilidades son muy escasas, no podía ser de otra forma, pero las consecuencias de un nuevo siniestro de este tipo serían tan espantosas y a tan largo plazo -irreversibles para muchas generaciones- que sorprende la naturalidad con la que algunos mandatarios, políticos o periodistas defienden hoy en día lo atómico como vector energético de futuro.

Sin embargo, en esas estamos. Y casi dando gracias porque algún mandatario no se decida a acabar definitivamente con el debate nuclear -y ya de paso con «toda una civilización»- a golpe de misil.