Oskar Alegria, desobediente apenas
Podríamos apelar a la trayectoria de Oskar Alegria (Iruñea, 1973) para describirlo, aunque los hitos cinematográficos del iruindarra resultan dispersos y su camino, atípico. Camino, apenas.
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Diríamos que se formó como periodista en televisión y que desarrolló una otra-mirada a través de la fotografía. Subrayaríamos entonces su proyecto Las ciudades visibles, del que Enrique Vila-Matas escribió: «Si antes teníamos a marco polo imaginando ciudades escritas para el gran khan, / ahora tenemos a oskar alegria soñando ciudades visibles / para nosotros, que somos viajeros sin escalas, / observadores implacables de todos los trazados contemporáneos».
Hablaríamos entonces de su debut como director, en 2012, con ‘Emak Bakia baita’, un diario de viaje juguetón, que se distrae mientras busca una casa en la costa vascofrancesa con dos columnas, una vista al mar y una puerta principal; es decir, una casa cualquiera, las cuatro paredes donde Man Ray rodó su película homónima. Para cuando la encuentra, contrariado, vuelve a comenzar el film desde cero.
Festivales de todas partes reconocieron el andar desandando de aquel primer trabajo minimalista, lento y gustoso, íntimo sin caer en lo personal, complejo a pesar de su sencillez. La película se seleccionó desde Buenos Aires a Telluride, pasando por Zinemaldia y Yamagata. Eso son, dentro de la no-ficción experimental, tempranos horizontes de grandeza.
El próximo viaje de Alegria fue atrás en el tiempo, hacia una isla que el cineasta frecuentaba en sus veranos de infancia y que ahora, sumergida en un pantano, solo puede acceder desde las fotografías y los recuerdos. Para llegar más lejos, en ‘Zumiriki’ (2019) decide aislarse durante cuatro meses en una cabaña del bosque colindante, con la única compañía de un huerto, dos gallinas y 70 libros.
Presentada entre el bullicio del Festival de Venecia, ‘Zumiriki’ nos detiene como el sol templado de un mediodía de otoño. En Sevilla, ganaría a la Mejor Película de no ficción en el apartado Nuevas Olas.
Yo apenas lo conocía cuando en el festival L’Alternativa de Barcelona programamos su última película, ‘Zinzindurrunkarratz’ (2023), tras su estreno mundial en Telluride. Desde el título, Alegria reúne un rebaño de sonidos e imágenes que lo acompañan, a él y a su burrico Paolo, para poblar de nuevo los caminos de la transhumancia de Atazu.
De aquel año, me llevo tres recuerdos. Uno, que a pesar del tremendo circuito por festivales de la cinta, nos la dejó a cambio de dos sacos de zanahorias para Paolo.
Dos, que en lugar de organizar una prueba de sonido, nos propuso una ‘prueba de silencio‘ (porque los zumbidos y repiqueteos en una sala vacía suenan más que cualquier bocina de Hollywood).
Y tres, el texto que nos regaló, titulado ‘El tiempo de las puertas’. Escribe: ‘Robert Bresson afirmaba que cuando en una película se cierra una puerta, la imagen debe persistir unos segundos antes del cambio de plano. Lo contrario, decía, era señal de que no había quedado bien cerrada. Pero no siempre era así’.
‘Si por ejemplo analizamos ‘Le Diable probablement’ (Robert Bresson, 1977), vemos que en sus 92 minutos de metraje se cierran 23 puertas (más otras tres de ascensor). Solo un par de ellas permanecen cerradas más de un segundo. El resto pasan de inmediato a otra secuencia; incluso cuatro de ellas quedan misteriosamente entreabiertas. Conclusión: Bresson no miente, pero se desobedece, y ahí reside su grandeza. Es bueno pensar el cine, pero es mejor no practicarlo como un dictado’. Grandísimo, Oskar Alegria.