Escribo como si boxeara. Hay una rabia infinita dentro de mí, una nostalgia, una violencia infinita, una furia infinita...». Es el principio de un texto sobre periodismo que leí hace años. Al leerlo me acordé de los entrenamientos de mi padre golpeando, una y otra vez, el saco de arena. Entonces me hubiera resultado casi imposible asociar aquellos golpes con el ímpetu de las palabras. Hubiera dicho que eran incompatibles. Más tarde comprendí que sí, que la literatura y el periodismo deben de ser un combate diario donde el oficio de escribir se pueda convertir en un golpe crítico, preciso e hiriente con la realidad que nos destroza. El anuncio de Donald Trump, en la cumbre de Davos, de construir sobre la aniquilación y el genocidio de Gaza un paraíso turístico me ha hecho pensar en todo lo que acabo de escribir porque siento que el mundo está terriblemente «jodido». Les he llamado tantas veces fascistas a Trump y a sus colegas europeos que ya me parece un calificativo moderado para describir a un criminal confeso vestido de payaso político. La escritora Annie Ernaux, con su narrativa escueta, urgente y viva, escribió, «Estoy hasta el vientre de todo. Con unas ganas tremendas de vomitar sobre ellos, sobre el mundo entero, sobre todo lo que he aprendido...» ("Los armarios vacíos", 1974).