Las dos de la madrugada. Una playa desierta, de frente el Atlántico y en lo alto, sobre el horizonte, un cielo de estrellas fugaces, las perseidas, cruzando la oscuridad como si fueran meteoros de cristal. Tumbadas en la arena, mis hijas, mi compañero y yo disfrutamos de aquel espectáculo hasta que el sonido del mar nos venció y nos dormimos. Ocurrió en agosto del 86 en un punto del sur de la península, frente a El Tarajal, ese lugar que años más tarde se convertiría en un espacio de muerte para las personas inmigrantes y, hoy, en uno de los conflictos más calientes en la política migratoria europea. Entonces ni siquiera lo imaginábamos. El momento se quedó en la memoria de nuestras vidas, con el convencimiento de que la belleza y el misterio del universo sería siempre un hermoso reto para el ser humano. El día 12, viendo el eclipse, volví a hacerme una reflexión parecida y me alegré de ser así y de estar en la colina de Errekaleor, haciéndome preguntas y admirando lo que no volveré a ver jamás. Cuento estas vivencias porque hace unas semanas leí en GARA una entrevista sobre la IA al filósofo francés Eric Sadin, que me inquietó. Sadin, autor del libro “El desierto de nosotros mismos”, es uno de los referentes más respetados y más críticos con el desarrollo de las tecnologías digitales. En dicha entrevista, Sadin se preguntaba: “¿A dónde va la creatividad y la reflexión humana? Las estamos quemando, se van a morir –contestaba– existen unos principios intangibles del ser humano que si se pierden será el principio del caos, de la desorientación colectiva, del sufrimiento y de la tristeza”. Y terminaba con una dosis de optimismo advirtiendo de la necesidad de “movilizarse en defensa de crear e inventar de los seres humanos”. Y yo añadiría de recordar, de sentir, de criticar y escribir contra el sistema, de protestar, de luchar… y también de contar historias sin importancia como esta para que alguien las lea un caluroso lunes de verano. Me asalta un temor: ¿La IA lo expresaría mejor?