El enfoque electoral al que Pedro Sánchez ha arrastrado al conjunto de las izquierdas es ciertamente audaz, ya veremos si temerario. Como Obi-Wan Kenobi, el presidente español sintió una perturbación en la fuerza (demoscópica) cuando el debate sobre la vivienda acaparaba el interés social, por encima de la inmigración o la corrupción, y decidió convocar unas elecciones en clave plebiscitaria sobre el derecho a acceder a un hogar. El PSOE ha cogido un tren que no iba a volver a pasar y que sin duda le es más favorable que intentar aguantar por aguantar, pero que conlleva, también, adoptar una estrategia poco convencional. Para empezar, porque implica no completar apuestas importantes de la legislatura, como eran la nueva financiación autonómica y traspasos relevantes para Catalunya, uno de los graneros del voto progresista. Tampoco se ha derogado la Ley Mordaza ni saldrán adelante las medidas de la Ley de Familias. Otro de los problemas es que, con una campaña girando en torno a la vivienda, tanto las fuerzas del Gobierno como las que lo han apoyado se ven obligadas a salir a la contra, a denunciar lo que no funciona, que sin duda es mucho, en vez de poner el acento en lo que sí está bien. Un giro de guion que trunca años de relato sobre un país que iba «como una moto» en lo económico y en el que se suponía que se habían hecho importantes conquistas sociales. Y esta cuestión, el relato, es quizás la más peliaguda porque, aunque el papel lo aguanta todo, no es fácil trasladar a la calle que hay que salir a votar a los que ya están para que las políticas de vivienda cambien. Las elecciones no son una tómbola donde tú coges una papeleta que pone «vivienda» y esperas a que salga esa bolita. Eso gusta a los spin doctor tronados, pero no llega muy lejos. Las elecciones van mucho de cumplir con la gente que te ha puesto ahí, de coherencia y fiabilidad. Cualidades que quizás las izquierdas tienen, seguramente unas más que otras, pero que no resaltan en una apuesta electoral monotemática.