Ha costado que en la Moncloa se enterasen de que la legislatura está bloqueada. No solo por la habitual sordera del Gobierno; la credibilidad de Junts cotiza a la baja después de demasiados amagos. Pero ahora va en serio. Los de Puigdemont han hecho números y les sale que ahora ganan más bloqueando (a ratos) la mayoría de la investidura que haciendo lo de antes, que era darle apoyo (a ratos).Más allá de cábalas, hay tres razones para el bloqueo. La primera es el despiste estratégico de Junts. El nacionalismo catalán de centro-derecha lleva una década en una crisis persistente y que va a más. Solo hay que ver el ridículo poder institucional que atesora hoy el partido que en 2014 lo tenía todo. Hasta ahora han escondido su bache con trucos de prestidigitador. Pero no ha habido un liderazgo capaz de marcar un rumbo firme y salir del pozo. Sin estrategia, todo son palos de ciego. Un argumento de Junts es indiscutible: en dos años negociando con el Gobierno, apenas han conseguido algo tangible. Y eso lleva a la segunda razón del colapso, que es el propio Sánchez y su forma de pactar. ¿Alguien conoce a un solo socio del presidente que haya salido más fuerte de asociarse con él? Casi revienta a Podemos, secó a ERC, está comiéndose a Sumar y casi entierra a Junts. El PSOE tiene la sartén por el mango en estas relaciones con partidos más pequeños y tiende a matarlos por inanición. Un problema para todos que deberían mirarse en Ferraz. La tercera razón es definitoria: en Catalunya los temas vinculados al procés, a la represión e incluso cualquier cosa sobre la gestión del autogobierno, han dejado de interesar. A pocos les importa ya si la amnistía se aplica o no; a casi nadie el reconocimiento nacional. Los trenes importan porque no funcionan, no por quien los gestiona. Y, en fin, casi nadie cree ya en la independencia como proyecto realista. Y todo eso hace que negociar este tipo de cuestiones con Sánchez sea irrelevante para un electorado que ahora está atento a lo que pasa en su extrema derecha. Tan triste como real.