El presidente chino, Xi Jinping, ha aprovechado la histórica visita de su homólogo norteamericano a su país para referirse ante él a la «trampa de Tucídides». A los cronistas internacionales les encantan estos tipos de episodios porque les permite hacer metáforas, que es una droga que todo escritor debería tomar con moderación. La referencia filosófica es en realidad un concepto creado hace solo una década y se refiere a que, igual que la hegemónica Esparta no pudo soportar la pujanza de la joven Atenas y decidió atacarla, el imperio decadente del Tío Sam podría tener las mismas tentaciones bélicas ante la emergente China. Tienen razón los corresponsales: este es un hecho histórico como pocos. Algunos han escrito sobre cómo el gigante asiático ha pasado del deslumbramiento capitalista de Deng Xiaoping a la actual autoconfianza en el propio modelo. Siempre hay cierto grado de insolencia cuando un joven siente que su físico ya le permite desafiar a la generación que le precede. El capítulo también apunta a que China es, como actor internacional, un hegemón proestabilidad. O al menos con todo el tiempo del mundo, cosa que no extraña de un país que le gusta pensarse en milenios. Pero hay algo mucho más mundano que casi resulta cómico de tener que recurrir a una metáfora como la de Tucídides. La diplomacia, y especialmente la diplomacia asiática, solía tener unas formas más ceremoniales y menos directas de explicar las cosas, pero supongo que adaptan el mensaje a lo que tienen delante. El siguiente mensaje podría ser directamente decirle «ni se te ocurra, Donald» o explicarle con marionetas y una prensa hidráulica qué pasa cuando dos potencias nucleares entran en conflicto. Lucho cada día con todas mis fuerzas por huir de la simplificación de que lo que ocurre con Trump y el movimiento reaccionario global es simplemente una idiotización de las sociedades. Eso no lo explica todo y tenemos que ir más allá. Pero dejadme que me ría de que el lenguaje al más alto nivel mundial se haya convertido por fuerza en una papilla digerible para el inquilino de Mar-a-Lago y el abismo de decrepitud que eso supone para EEUU.